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Capitulo I

LECCIONES ESTRATÉGICAS DE TRES HITOS DE LA LUCHA DE CLASES

 

I. De las tesis de Pulacayo a la revolución del ‘52

La revolución de abril de 1952 no fue un hecho que cayó del cielo. Por un lado, fue expresión en el país de las condiciones de la lucha de clases internacional en la posguerra. Si bien hacia 1948 la política del stalinismo, en consonancia con los acuerdos contrarrevolucionarios de Yalta y Postdam, había logrado frenar el ascenso revolucionario en Europa, una ola revolucionaria se extendía por toda la “periferia” capitalista. La rebelión del mundo colonial y semicolonial, aprovechando la debilidad de los imperialismos vencedores y vencidos, con el triunfo de la revolución china en 1949 y el gran ascenso en la India que daría lugar a la independencia del país como puntos culminantes, son el marco mundial en que se van a desarrollar los acontecimientos revolucionarios de abril de 1952 en nuestro país. Estas condiciones de desplazamiento de la revolución proletaria del centro a la periferia capitalista serían características del período que va de fines de los ‘40 a fines de los ‘60.

Más en particular en Latinoamérica, el período entreguerras y las condiciones creadas por la guerra misma habían dado lugar al surgimiento de distintos regímenes nacionalistas burgueses (Cárdenas en México [1], Perón en Argentina, Vargas en Brasil, los gobiernos Toro, Busch, Villarroel, en nuestro país, etc.) que ante la ofensiva colonizadora norteamericana realizaban algunas concesiones al movimiento obrero para, a la vez que buscaban la neutralización de éste como fuerza revolucionaria independiente vía la estatización de los sindicatos, negociar en mejores condiciones sus relaciones con el capital extranjero. A la salida de la Segunda Guerra Mundial América Latina atraviesa un período signado por el despliegue del imperialismo norteamericano, que busca completar su dominio sobre todo el continente, de una parte, y de otra por un amplio ascenso obrero y popular. El levantamiento del “Bogotazo” de 1948 en Colombia, en Chile las huelgas, movilizaciones y enfrentamientos del 48 al 50, el proceso de organización y movilización obrera en Argentina (finalmente canalizado por el peronismo) son ejemplos de este ascenso, que lleva a la crisis a los viejos regímenes de la burguesía y alimenta el surgimiento de nuevos movimientos políticos nacionalistas burgueses. Bolivia, que atraviesa un profundo proceso revolucionario, se convertirá en el hito más agudo de la lucha de clases, con el estallido de la revolución obrera en 1952.

Ciertas condiciones peculiares, como la extrema pobreza del país que impedía la relativa estabilidad de que gozó este tipo de regímenes en otros países, hicieron que en nuestro país el movimiento obrero, que venía madurando en los enfrentamientos de las dos décadas anteriores, se pusiese a las puertas del poder. Las condiciones peculiares señaladas por Trotsky sobre el desarrollo desigual y combinado de los países coloniales y semicoloniales, con burguesías nativas débiles que llegan tarde para llevar adelante las tareas democráticas y un proletariado suficientemente maduro para conquistar el poder encabezando al conjunto de la nación oprimida -y de esta manera “trastocar” la revolución democrática en socialista-, se expresaban en Bolivia en forma particularmente aguda.

Desde los ‘30 el país se había visto conmocionado por un conjunto de acontecimientos convulsivos. La Guerra del Chaco había desnudado la decadencia e inviabilidad del viejo régimen de la Rosca. La creciente conmoción social y política y la enorme tensión que alcanza la lucha de clases se expresarán en la sucesión de gobiernos populistas y reaccionarios, golpes de estado, huelgas obreras semi-insurreccionales, etc.

En julio de 1946 sectores de la clase obrera y del movimiento de masas -con excepción de los mineros- habían protagonizado un verdadero levantamiento insurreccional que terminó con el colgamiento del presidente Villarroel [2]; insurrección en la que las masas fueron expropiadas del poder por el stalinista Partido de Izquierda Revolucionaria (PIR) y los partidos oligárquicos inaugurándose el llamado sexenio “rosquero” [3]. El PIR, que presentaba al gobierno de la oligarquía y el imperialismo como “antifascista”, tenía ministerios en el mismo y buscaba lograr el control del movimiento obrero. Los mineros rápidamente encabezaron la oposición al gobierno, radicalizando sus posiciones políticas. Con el antecedente de las resoluciones votadas en el anterior Congreso de la Federación Sindical de los Trabajadores Mineros de Bolivia (FSTMB) realizado en Catavi a principios de 1946, los representantes de los mineros de Bolivia se reunieron en noviembre de 1946 en Pulacayo, donde aprobaron por unanimidad las tesis presentadas por el POR. Es conocido que Patiño, el “rey del estaño”, hizo publicar en grandes desplegados en los principales diarios del país las “Tesis de Pulacayo”, con el fin de urgir al gobierno a actuar duramente contra los mineros que habían adoptado “un programa claramente comunista”. Aunque el efecto logrado fue en gran parte contrario al buscado por los “dueños del país”, éstos no se equivocaban en señalar a las Tesis como un síntoma claro de la radicalización política que se expresaba entre los mineros, el sector más concentrado y económicamente decisivo del proletariado del país.

Luego de la caída de Villarroel y el ascenso al poder de la “rosca”, se abre un período de durísima lucha de clases, que incluirá masacres obreras y campesinas, y episodios como la guerra civil del ‘49 y la masacre de Villa Victoria en el ‘50. El MNR, expresión del nacionalismo burgués nativo, que había integrado el gobierno de Villarroel, radicalizó su discurso para buscar capitalizar la oposición obrera al gobierno rosquero. En 1951, Paz Estenssoro, candidato del MNR, ganó las elecciones presidenciales ampliamente, pero mediante el “mamertazo”, un “autogolpe”, fueron anuladas las elecciones y los militares instauraron un régimen dictatorial muy represivo, que sin embargo no lograría asentarse.

El 9 de abril de 1952, la policía y un sector del ejército, en acuerdo con el MNR, intentan un contragolpe, que fracasa, debiendo asilarse el jefe de la intentona en una embajada. Pero las masas irrumpen en escena. La policía, al verse derrotada por el ejército, entregó algunas armas a los fabriles y a la población paceña. Los mineros ocupan Oruro apoderándose de los regimientos y liquidando al ejército. Luego marchan hacia La Paz. Los mineros de Milluni copan un tren militar con armamentos que se dirigía a La Paz. Allí siete regimientos militares -la base del ejército boliviano- son finalmente derrotados y las armas tomadas por los trabajadores. Con la caída del gobierno dictatorial, el MNR se hace del gobierno: Paz vuelve del exilio y es consagrado presidente. Luego del 11 de abril, las milicias obreras y campesinas organizadas por los sindicatos, que reunían entre 50 y 100.000 hombres, eran las únicas fuerzas armadas del país. Días después se funda la Central Obrera Boliviana (COB). Las masas se encontraban a la ofensiva: mientras los mineros exigían la nacionalización inmediata de las minas los campesinos comenzaban las ocupaciones de tierras. El MNR nombró en su gabinete ministerial a Lechín (presidente de la FSTMB y de la COB) y a otros dirigentes sindicales miembros del “ala izquierda” del MNR, que se presentaban como “ministros obreros”. Como subproducto de las acciones revolucionarias de las masas el gobierno se vio obligado a llevar adelante ciertas medidas sentidas por éstas (como la nacionalización de las minas, derechos democráticos, reforma agraria), aunque en forma tal de mitigar su contenido anticapitalista y de ganar tiempo para recomponer el estado burgués. Sólo tres meses después el nuevo gobierno plantearía el decreto de reorganización del ejército. Durante todo el período inmediato a la revolución la COB y las milicias eran un poder dual al gobierno del MNR. Sin embargo, esta situación se resolvió favorablemente a la burguesía. El embate de las masas fue contenido y el régimen burgués relativamente estabilizado.

Lora y una peculiar interpretación de la revolución permanente

El POR había logrado una importante influencia entre los trabajadores, fundamentalmente entre los mineros. Como es sabido, fue el POR a través de la delegación de Llallagua el principal impulsor de las Tesis de Pulacayo. Estas tesis, que con relación a las posiciones de los stalinistas y nacionalistas expresaban un avanzado programa de acción, tendiente a la independencia de clase, planteaban entre sus puntos sustanciales las siguientes: 1) salario básico vital y escala móvil de salarios; 2) semana de 40 horas y escala móvil de salarios; 3) ocupación de minas; 4) contrato colectivo; 5) independencia sindical; 6) control obrero de las minas; 7) armamento de los trabajadores; 8) bolsa de huelga; 9) reglamentación de la supresión de las pulperías baratas; 10) supresión del trabajo a contrato. Sin embargo, las Tesis contienen una formulación de la mecánica de la teoría de la revolución permanente que se diferencia de la originalmente formulada por Trotsky. En las Tesis de Pulacayo bajo el apartado “El tipo de revolución que debe realizarse” se señala: “Mienten aquellos que nos señalan como propugnadores de una inmediata revolución socialista en Bolivia, bien sabemos que para ello no existen condiciones objetivas. Dejamos claramente sentado que la revolución será democrático burguesa por sus objetivos y únicamente un episodio de la revolución proletaria por la clase social que la acaudillará (...)

Los trabajadores una vez en el poder no podrán detenerse indefinidamente en los límites democráticos burgueses y se verán obligados, cada día en mayor medida, a dar cortes siempre más profundos en el régimen de la propiedad privada...” (destacado nuestro. Tesis de Pulacayo, Ed. Masas, 1980)

Compárese esto con la formulación original sobre el trastocamiento de la revolución democrática en socialista tal como la formula Trotsky en las tesis 8 de la revolución permanente: “La dictadura del proletariado, que sube al poder en calidad de caudillo de la revolución democrática, se encuentra inevitable y repentinamente, al triunfar, ante objetivos relacionados con profundas transformaciones del derecho de propiedad burguesa. La revolución democrática se transforma directamente en socialista convirtiéndose con ello en permanente” (destacado nuestro) Podrá notarse como en las Tesis redactadas por Lora se confunde que en un país atrasado como Bolivia la revolución combine desde el inicio tareas democráticas y socialistas con la posibilidad de una revolución proletaria no socialista. Sobre esta concepción, Lora y el POR sostendrán posteriormente posiciones sem-etapistas sobre el carácter de la revolución boliviana. [4]

El POR y la falta de estrategia soviética para la dictadura del proletariado

Luego del congreso de Pulacayo el POR fue, en 1947, impulsor del Bloque Minero Parlamentario, un acuerdo con los dirigentes obreros de la FSTMB, que logró varias diputaciones, entre ellas la de Lora, y dos senadurías. Inmediatamente a la revolución, esta influencia se vio expresada en la composición del primer comité ejecutivo de la recién fundada COB, en la cual tenía dos miembros sobre cinco. Su peso político no se veía, sin embargo, correspondido igualmente desde el punto de vista organizativo, como su dirigente histórico, Guillermo Lora, ha afirmado reiteradas veces.

La estrategia desplegada por el POR ante la situación de doble poder abierta en abril de 1952 no estuvo a la altura del programa trotskista ni de las acciones desplegadas por el proletariado en el período. Lora ha señalado que el POR no pudo ser alternativa frente al MNR por la inmadurez política de las masas que confiaban en el gobierno nacionalista y por la propia inmadurez del POR que, ante el estallido de la revolución, se vio atravesado por una importante crisis organizativa y política, que se expresó en varias rupturas, especialmente la crisis del ‘54-‘55. Es difícil definir con precisión si con otra orientación política el POR hubiese efectivamente podido dirigir al proletariado boliviano a la tomar del poder, como algunos han afirmado. Incluso, bajo las presiones de la revolución y con una orientación dada por el Secretariado Internacional de la IV Internacional bajo la dirección de Pablo y Mandel, que llevaba al apoyo crítico al MNR -así lo establecían las tesis aprobadas por el III Congreso del ‘51 [5]-, una política equivocada podía explicarse como el precio a pagar en la maduración de un partido revolucionario. Lo que sí podemos afirmar es que con una política verdaderamente trotskista en estos eventos o, aún, sacando lecciones revolucionarias de los mismos, el POR hubiese podido jugar un importante papel para enfrentar la degeneración centrista sufrida internacionalmente por el movimiento trotskista desde fines de los ‘40, principios de los ‘50. Pero Lora y el POR no hicieron esto. Más aún, sus conclusiones fueron en el sentido de profundizar una estrategia -más allá de las formas sectarias que emplea muchas veces el POR- de contenido oportunista que caracterizaría toda su práctica posterior.

¿Cuál fue la política del POR luego de la revolución de abril del ‘52? La resolución de su IX Conferencia, realizada a la vuelta de Lora de Europa pocos meses después del comienzo de la revolución, decía:

“El informe político nacional resume la posición del POR en relación al gobierno como sigue:

1- apoyo al gobierno ante los ataques del imperialismo y la Rosca

2- apoyo a todas las medidas progresivas que lleve adelante, indicando siempre su perspectiva y sus límites.

3- En la lucha entre las alas del MNR, el POR apoya a la izquierda... El POR apoyará el ala izquierda del partido, en todas sus actividades que tiendan a destruir las estructuras sobre las que se basa la explotación feudal burguesa e imperialista, y en cada intento de profundizar la revolución y llevar adelante el programa obrero, como el control completo del gobierno, remplazando así al ala derecha” (Novena conferencia del POR, en Lucha Obrera 11-11-52) [6] Es así que la política del POR frente al gobierno del MNR fue muy similar a la que plantearon frente al gobierno provisional surgido en Rusia en febrero de 1917 Stalin y Kamenev antes de la llegada de Lenin, que éste criticó como completamente oportunista y enfrentó en sus “Cartas desde lejos” y en las “Tesis de Abril” [7], rearticulando la política bolchevique detrás de la perspectiva de “todo el poder a los soviets” que permitió el triunfo de octubre. Tanto Lora como los dirigentes del POR que después formarían sus tendencias rivales, compartían en mayor o menor grado la estrategia de presionar al ala izquierda del MNR (el lechinismo) a que fuera más allá de sus intenciones, y por ello se negarían a plantear durante los meses decisivos después abril de 1952 y durante 1953 la política de “todo el poder a la COB” [8].

Esta política de “apoyo crítico” al MNR, y en particular a su “ala izquierda” [9], se expresará especialmente en la falta de toda política para desarrollar hasta el final los elementos soviéticos de la COB (existencia de milicias obreras y el hecho que agrupara no sólo a los obreros sino también a estudiantes y campesinos), aún cuando las tendencias de las masas empujaban en tal sentido transformándola en un verdadero “poder dual” durante todo un período. Jamás el POR peleó porque la COB funcionase sobre la base de delegados revocables. Los representantes de los obreros lo eran a través de las estructuras sindicales, lo que expresaba en este plano la adaptación a Lechín y al “ala obrera” del MNR, que así lograban evitar el control directo de las bases obreras. Tal es así que no fue sino hasta 1954, cuando el momento más álgido de movilización obrera había pasado, que la COB realizó su primer congreso, en el que se consolidó el control de la misma por parte de la burocracia dirigente.

Nosotros no afirmamos que la batalla por “sovietizar la COB hasta el final” hubiese necesariamente sido exitosa. Sí, en cambio, que era indispensable para barrer de la dirección del proletariado a la burocracia lechinista dirigente y encaminar al proletariado a la conquista del poder. Pero es evidente que la lógica del POR no era la de generar las condiciones para desplazar a Lechín, sino la de presionarlo. Al no funcionar la COB en base a delegados obreros revocables, los dirigentes sindicales del MNR, eludiendo rendir cuentas directas ante las bases obreras movilizadas y armadas, (y sin plantear el POR una política que vaya en este sentido), las exigencias al “ala izquierda” que hacía el POR lo convertían en mero consejero de Lechín y compañía [10]. Igualando falsamente la política de “más ministros obreros” en el gobierno del MNR como si fuera la de “fuera los ministros capitalistas” de los bolcheviques en 1917, el POR desnaturalizó la táctica bolchevique de “gobierno obrero y campesino”, a la que utilizó no en su forma “antiburguesa y anticapitalista”, como recomendaba Trotsky, sino en la forma oportunista en que la utilizaba la III Internacional bajo el dominio de Stalin, “transformándola de un puente a la revolución socialista en el principal impedimento en su camino” (Programa de Transición).

Comparemos esto con la política planteada por Trotsky a los trotskistas franceses en 1935 ante el estallido de una situación revolucionaria en condiciones en que estos eran un grupo con una influencia muchísimo menor de la que gozaba el POR en 1952: “Sería absurdo creer que tenemos suficiente tiempo para crear un partido omnipotente que pudiera eliminar a todas las otras organizaciones antes de los conflictos decisivos con el fascismo o antes del estallido de la guerra. Pero es completamente posible en un breve plazo -los eventos ayudan- ganar a las amplias masas no para nuestro programa, no para la IV Internacional, sino para esos comités de acción (nombre con el que Trotsky designaba los posibles soviets franceses, NdeR). Pero una vez creados, esos comités de acción devendrían en un trampolín magnífico para un partido revolucionario. En un comité de acción Pivert [11], por ejemplo, estará forzado a tener un lenguaje completamente diferente del tartamudeo de la Izquierda Revolucionaria [12]. La autoridad y la influencia de los elementos valientes, decididos y clarividentes, sería enseguida decuplicada. No se trata acá de un asunto más. Se trata de una cuestión de vida o muerte” [13]. Haciendo un paralelo con la revolución del ‘52, luchando por transformar a la COB en un soviet, el POR hubiese “decuplicado” su “autoridad e influencia” y “hubiese tenido un trampolín magnífico” para luchar por materializar el gobierno obrero y campesino tras la consigna de “todo el poder a la COB”. El no haber peleado porque la naciente COB se transformase en un verdadero soviet desarrollando formas de democracia directa no fue “un asunto más”. Es una de las principales responsabilidades que le cabe al POR en que la situación de poder dual abierta en abril del ‘52 “se resolviera a favor del MNR” y en que Lechín lograse contener la radicalización y avanzase en la burocratización de la central obrera.

De las críticas que el resto del movimiento trotskista han formulado al POR a lo largo de estos años la más popular en Latinoamérica ha sido la de Nahuel Moreno, quien sostuvo que la claudicación de Lora estuvo centrada en no haber planteado “todo el poder a la COB” en los momentos álgidos de la revolución (el POR sólo plantearía esta consigna por un pequeño periodo a partir de 1954). Sin embargo, esta crítica se transforma, al no estar ligada a la política de desarrollo de la democracia directa y algún control de la base sobre sus direcciones, en una política de mera presión para que el Comité Ejecutivo de la COB, dominado por el ala izquierda del MNR, vaya “más allá de sus intenciones” y tome el poder. Pero de tener una política para que las masas movilizadas y armadas sean las que pesen en las decisiones, ni una palabra en Moreno al igual que en Lora. En este último, durante la revolución del ‘52, y durante el período de doble poder, la ausencia de una política tal, que más allá de las distintas y posibles formulaciones, buscara trasladar el poder de decisión desde los sillones de la COB hacia la base, hacia las milicias armadas, es producto de la adaptación en última instancia a la izquierda del MNR.

“Culpando a las masas, absolviendo a los burócratas y los reformistas del ‘52”

Así podría resumirse la posición sobre la revolución del ‘52 de Alvaro García Linera expresada en su último libro, “Reproletarización” [14]. Aunque es una interpretación formulada desde un punto de vista pretendidamente opuesto al de Lora, en este libro, del cuál toda la primer parte está en gran parte dedicada a explicar los últimos 30 años de lucha de clases en nuestro país que van de 1952 a 1986, tampoco aparece la mínima mención a la necesidad de desarrolla los elementos soviéticos de la COB. Más aún, todo su trabajo termina siendo una absolución de las direcciones que se encargaron de evitar que la clase obrera llegara al poder.

El autor intenta “explicar” así por qué la revolución del ‘52 terminó dejando el poder en manos del MNR: “... quien sostiene al MNR en el Palacio de Gobierno una vez que triunfa la insurrección no son ya las tradicionales argucias de los funcionarios gubernamentales ni la coerción indiscriminada de un ejército contra un pueblo inerme; es la misma disposición espiritual y simbólica de la plebe armada la que hace existir al estado al momento de enunciarlo como único modo de verificación de los poderes públicos. Son los mismos insurrectos quienes abdican en el comando movimientista la fuerza, la legalidad y los mandos políticos anteriormente arrebatados al estado oligárquico.

Pareciera que los obreros quedaran perplejos y atemorizados ante la magnitud de la obra a acometer, dudarán de su capacidad para seguir asumiendo la conducción directa de la producción satisfactoria del porvenir, y entregarán esta responsabilidad en las élites que consuetudinariamente han desempeñado el control de la ‘política’, de la economía, del ‘país’.

Que esta restauración de las jerarquías institucionales del Estado venga por obra de los propios sujetos que acaban de abrogarlas, en el fondo habla del poderío de las percepciones culturales, morales e instrumentales engendradas en el pasado y que ahora revalidan materialmente su eficacia guiando el comportamiento colectivo frente al poder.(...) Se trata de una experiencia material meramente defensiva y distributiva la que se agolpa como acumulación histórica en el sentido práctico de los obreros, y que guía sus actos de abdicación del poder conquistado.”

Haciendo desaparecer la política como instancia explicativa, el balance de García Linera pasa de dislate teórico a capitulación política. Refiriéndose al “poderío de las percepciones culturales, morales e instrumentales engendradas en el pasado” se absuelve a Lechín, al PCB y a todos los reformistas que llevaron a los obreros insurrectos detrás de la idea de que los intereses obreros se realizaban con los “ministros obreros” y permitieron la supervivencia del régimen burgués. Por eso no hay en su texto ni una referencia a la necesidad de luchar por el gobierno obrero y campesino desarrollando los elementos soviéticos que había tomado la COB. Es decir, luchar por que ésta rompiese con la lógica de presión extrema sobre el estado y se propusiese actuar como órgano del poder proletario. Negando el papel de sostén inestimable del orden burgués que las direcciones reformistas juegan en los procesos revolucionarios es inevitable caer en alguna versión del viejo adagio liberal burgués de “cada pueblo tiene el gobierno que se merece”, que aquí podría ser formulado como “los obreros han tenido en 30 años los gobiernos y los dirigentes que se merecen ya que su sentido práctico los guiaba inevitablemente ante la abdicación del poder conquistado.”

Si la reproducción en su práctica política de las condiciones de subordinación en el proceso de trabajo fuese inevitable, entonces la idea misma de emancipación del proletariado sería una quimera. Precisamente es en las revoluciones, cuándo aparecen las condiciones en que la experiencia “práctica” de los trabajadores se desarrolla velozmente modificando en horas conductas fuertemente arraigadas. ¿O estaba la formación de las milicias inscripta en la “disposición espiritual y simbólica” de los obreros? No, fue una conquista de la acción revolucionaria de los obreros. Estos estaban dispuestos a ir más allá del MNR si alguien hubiera señalado claramente el camino. Pero, como señalamos en la crítica al POR, no hubo ninguna organización a la altura de jugar este crucial papel revolucionario. Si esto no fuese un factor decisivo, toda la obra de acción política llevada a cabo de Marx en adelante no tendría ningún sentido. La puesta en pie de la I, la II, la III (ni qué de decir de la IV) Internacional, no habría sido más que un mero perdedero de tiempo. ¿Para qué discutir sobre táctica y estrategia revolucionaria, sobre programas y perspectivas, si lo principal, “el lugar más fructífero y poderoso de la construcción fragmentada de estas autonomías”, en palabras del autor, “sea el espacio de las calladas e individuales resistencias laborales, de los soterrados sabotajes colectivos a una maquinalidad y una productividad técnica asfixiante en cada centro de trabajo”? Lo específico de la acción política, ya sea la reformista como auxiliar de la dominación burguesa, ya sea la revolucionaria como instrumento de emancipación obrera, queda borrada detrás de la construcción de un estado “omniprescente”, que se impone al trabajador en la constitución de su propia subjetividad, aún en los momentos en que ha derrotado, como en el ‘52, el núcleo del poder estatal, las fuerzas armadas enemigas. La eliminación de toda transición entre el estado actual de cosas y la emancipación del proletariado, termina así negando los medios por los cuales la clase obrera puede acceder a ésta. La necesidad de poner en pie organizaciones de lucha de los explotados con los cuáles romper la subordinación (no al “capital” en general sino a las instituciones concretas -burocracia sindical, partidos reformistas, estado- mediante las cuáles este la garantiza ante la insurgencia obrera) y partidos revolucionarios que breguen por liquidar el poder burgués desaparece, igual que la dictadura del proletariado, manifestación del poder de los explotados en la transición al socialismo. Así García Linera naufraga en una idealización del trabajador artesanal y de las formas sociales pre-capitalistas y el sobredimensionamiento impotente de la acción individual del trabajador anónimo (ya sea en la exagerada valoración sobre la resistencia espontánea y anónima como en el peso dado al “hábito a la subordinación y la obediencia” de cada obrero como individuo) que, como dijimos, termina en una absolución de responsabilidad para todos los burócratas sindicales traidores y los partidos reformistas que con su acción sostuvieron el orden burgués. Y, hacia delante, con la manifestación de una retórica maximalista con la que encubrir una práctica reformista que se opone a la estrategia de la lucha por el poder del estado. Cerca entonces, del reformismo del Sub Comandante Marcos y toda su perorata sobre la “no lucha por el poder”. Bien lejos de Marx, el acuñador del término “dictadura del proletariado”, quien veía en la Comuna de París el máximo ejemplo de su época dado en la historia hacia la emancipación de la clase obrera [15]. Como vemos, más que “Qhananchiri”, (en aymara, “el que da luz”), este autor merecería el título de Japuisquiri (“el que oscurece”), pues en este terreno, como ante muchos otros problemas, sus posiciones (por decir lo menos) siembran confusión y oscurecen la cuestión.

II. DE LA ASAMBLEA POPULAR AL FRA

En 1964 el general Barrientos, que era vicepresidente, da un golpe de Estado contra Paz Estenssoro en una acción destinada a golpear directamente al movimiento obrero que venía resistiendo el viraje crecientemente pro-imperialista de los gobiernos nacionalistas desde 1957-58. El golpe inaugura un régimen profundamente reaccionario y antiobrero, caracterizado por la militarización de los sindicatos, masacres como la de San Juan, y asesinatos de dirigentes obreros como César Lora, Isaac Camacho [16] y otros, así como el cerco a la guerrilla y el asesinato del Che en 1967. Barrientos basaría su apoyo en la cooptación de las masas del agro mediante el pacto militar campesino [17].

Sin embargo la clase obrera empezaría un nuevo proceso de ascenso a fines de los sesenta acompañando el ascenso revolucionario internacional que en esos años y hasta mediados de los setenta recorrería los cinco continentes [18]. Este ascenso tuvo en el Cono Sur uno de sus principales epicentros, y en Bolivia se expresaría en un nuevo y agudo proceso revolucionario.

Ante el ascenso obrero se abrirían brechas en el régimen militar, que tras la muerte de Barrientos se expresarían en curso del gobierno del general Ovando [19] y, luego del fallido golpe contrarrevolucionario de Miranda, más claramente en el gobierno de Torres. El gobierno de Torres tiene desde sus inicios un carácter claramente “kerenskista” [20], es decir que, lejos de poder ser un “árbitro fuerte” para conciliar o “disciplinar” los intereses antagónicos de clase, queda a merced de la presión de la acción de distintas clases, como suspendido, por así decirlo, en el aire. Este gobierno, que surgiría como subproducto de la decidida intervención del movimiento obrero, que hace fracasar el intento golpista del gral. Miranda, abriría uno de los períodos más democráticos de la vida nacional, donde a Torres no le quedó otro camino que aceptar la organización y presencia activa del movimiento obrero [21].

Bajo el fragor del golpe contra Ovando se había constituido el “Comando Político de la COB”, integrado por varios partidos políticos (el PRIN lechinista, el PCB, el POR y otros; el MNR participaba inicialmente pero luego fue expulsado por sus aspiraciones golpistas). Torres ofreció inicialmente al Comando Político la participación abierta en el gobierno con un 25% de los ministerios, propuesta que luego sería ampliada a un 50%, pero que finalmente no prosperó. Las acciones obreras, populares y estudiantiles se continuaron y extendieron. El surgimiento de la Asamblea Popular, que tuvo su reunión inaugural en La Paz el 1º de mayo de 1971, fue expresión de este proceso y del crecimiento de la radicalización luego del fallido intento de golpe contrarrevolucionario el 10 de enero de 1971. Lora describe de la siguiente manera como era la situación del movimiento de masas: “En octubre de 1970 se inicia una vigorosa movilización y organización de las masas; en el lapso de 60 días se había modificado profundamente la fisonomía de éstas. El 10 de enero de 1971, el gobierno anunció el descubrimiento de un complot fascista. El gorilismo no dejó de conspirar ni un solo minuto, pero el torrismo buscaba que las masas identificasen, como querían nacionalistas y stalinistas en general, rechazo al fascismo con apoyo incondicional al gobierno.

Las masas rápidamente dieron su respuesta: ganar las calles para aplastar a los fascistas y lanzarse a estructurar el gobierno propio de los trabajadores, lo que suponía superar políticamente al débil régimen torrista. Los mineros, armados de dinamitas y de unos pocos fusiles, se lanzaron hacia La Paz, que virtualmente fue ocupada por ellos. La masa ululante se apostó en la histórica Plaza Murillo y entabló un acre diálogo (muchos dijeron descortés) con el Presidente de la República, cuyos slogans nacionalistas fueron rechazados por los manifestantes... Las consignas dominantes eran ‘armas al pueblo’, ‘gobierno obrero’, ‘¡viva el socialismo!’, ‘¡fusilamiento de los gorilas!’, ‘desarmar al ejército’, etc. Torres pronunció un titubeante discurso, lleno de contradicciones y muy difícilmente pudo hacerse entender en medio de las protestas, los silbidos y las risotadas. Cuando en cierto momento, buscando ganar algunos aplausos, ofreció la ‘participación popular’ en el gobierno, los trabajadores le respondieron que ellos exigían un gobierno obrero y la implantación del socialismo.

Al día siguiente otra manifestación de trabajadores fabriles y sectores de la clase media de La Paz subrayó las demandas expresadas de manera tan vehemente por los mineros. Torres sólo atinó a decir que si el pueblo quería el socialismo así se haría.” (G. Lora, De la asamblea popular al golpe fascista).

La puesta en pie de la Asamblea Popular, como señalamos, sería expresión de este proceso. Pese a su carácter embrionariamente soviético y sus tendencias a actuar como un poder dual, era exagerada la caracterización del POR de presentarla como “un soviet real y viviente”. Era confundir deseos con la realidad. En primer lugar, el problema del armamento de las masas nunca fue resuelto por la Asamblea. No nos estamos refiriendo con esto a la política que planteaban las corrientes foquistas de organización del “ejército popular” sino a materializar la organización de las milicias obreras [22] retomando la experiencia del ‘52. En segundo lugar, la Asamblea Popular no logró extenderse nacionalmente ni llegó a desarrollar en su seno la democracia directa con mandato en forma plena, pese a que así lo reclamaban sus estatutos, cuestiones estas que provocarían que en su funcionamiento cotidiano prevalecieran los mecanismos de disciplina sindical que impedían que el conjunto de la clase obrera llevara su experiencia con la desgastada dirección de Lechín, que fue elegido Presidente de la Asamblea Popular. René Zavaleta, años después convertido en “teórico” del PCB, da cuenta de esto cuando señala que “los dirigentes sindicales por ej., pertenecían a los partidos que votaron contra Lechin; pero ellos mismos votaron por Lechín, porque era miembro de su federación y ésta lo había resuelto así.” (El poder dual, pág. 219). La caracterización de la Asamblea Popular como “soviet real y viviente” utilizada y defendida por Lora jugaría el objetivo, como desarrollaremos luego, de encubrir una política francamente oportunista, que se convertiría en una soga al cuello del desarrollo de la misma como un verdadero organismo de poder obrero. A su vez los grupos foquistas reducían la importancia de la Asamblea Popular, en la que tenían un lugar claramente marginal, para justificar su accionar al margen de las masas obreras.

Las circunstancias de creciente enfrentamiento entre las clases, con el desarrollo de tendencias al uso de la acción directa tanto del movimiento de masas como de la burguesía, y por lo tanto de una mayor debilidad e impotencia del gobierno, hacían evidente que la situación se resolvería rápidamente o con el triunfo de la revolución proletaria, o como finalmente sucedió, mediante la imposición de una dictadura contrarevolucionaria por parte de la burguesía: el golpe encabezado por Banzer se impondría luego de algunos combates el 21 de agosto de 1971.

El POR, ala izquierda de la política de presión sobre Torres

Lechín y el Partido Comunista Boliviano eran quienes más abiertamente jugaban el papel de despertar entre los trabajadores ilusiones en el gobierno de Torres. El primero aspiraba o a integrar nuevamente algún cargo ministerial o incluso a ser quien lograse el control de la COMIBOL si se conseguía la cogestión obrera mayoritaria. El PCB, por su parte, sostenía que el gobierno de Torres podía ser el instrumento para desarrollar la “revolución ininterrumpida” que pacíficamente pasase de su “estadio nacional-democrático al socialista”. La Unión Soviética envió técnicos y consejeros para poner al gobierno de Torres bajo su “zona de influencia”. Es decir, una estrategia de colaboración de clases muy similar a la que llevaba adelante en Chile con la “Unidad Popular” y que dos años después terminaría con el golpe sangriento de Pinochet. Estas corrientes frenaron las tendencias más avanzadas de los obreros -hablaban de lograr la “paz social” con el gobierno para no “provocar a la derecha”- limitando el desarrollo de la Asamblea Popular como órgano de poder real, siendo los principales responsables que los trabajadores estuviesen desarmados en el momento del golpe. El POR, aunque cumplió un importante y valioso papel en la conformación y organización inicial de la Asamblea Popular, no escapó a la lógica de presión sobre Torres. Lejos de pelear por llevar hasta el final las tendencias más progresivas de las masas se adaptó a la política del PCB y Lechín, a los que confiaba -especialmente al primero- en hacer ir “más allá” de sus intenciones. El POR mostró en estos acontecimientos no sólo no haber sacado ninguna lección revolucionaria del ‘52 sino haber profundizado su estrategia oportunista, lo que se manifestaría en forma químicamente pura con la conformación de un frente popular en el exilio -el FRA, Frente Revolucionario Antiimperialista- luego del triunfo del golpe de Banzer. Desarrollaremos nuestra crítica a la política del POR en el período alrededor de tres ejes: a) la política de “cogestión obrera mayoritaria de COMIBOL”, que fue la consigna eje del POR, el PCB y Lechín de la asunción de Torres al golpe; b) la ausencia de una política militar proletaria independiente; c) el frente antiimperialista.

a) La Cogestión Obrera Mayoritaria de COMIBOL

Lora señala que la resolución sobre la Cogestión Obrera Mayoritaria de COMIBOL fue una de la “dos grandes medidas adoptadas por el primer período de deliberaciones” de la Asamblea Popular. El POR, según afirma este mismo dirigente, apoyó tal planteo “sabiendo que no podía ser aceptado por la derecha castrense (el gobierno de Torres no contaba definitivamente), pues suponía, repetimos, que el estado concluya en manos de los obreros, la lucha por la conquista del poder, tal era su profundo sentido revolucionario.” [23]

Tanto el PCB como Lechín acordaron con la propuesta de “cogestión obrera mayoritaria” y formaron junto al POR un bloque en la Asamblea Popular a favor de la misma. Fue alrededor de ella que el POR centró su toda su agitación política, argumentando que la lucha por imponerla llevaría a las masas al poder.

Este razonamiento se mostró falso por tres cuestiones, que muestran el oportunismo profundo de la política del POR. En primer lugar, el reducir la totalidad del proceso revolucionario a la materialización de una sola tarea -la cogestión-, pese a su enorme importancia movilizadora en el seno de los mineros era completamente insuficiente por sí misma para desarrollar la movilización revolucionaria del conjunto de las clases oprimidas de la ciudad y el campo. Vemos aquí la concepción oportunista de que un programa de acción revolucionario puede ser reemplazado por una sola consigna que motorizaría la movilización de las masas y las llevaría por sí misma a la conquista del poder [24]. El POR repetiría esta misma lógica una y mil veces en el futuro, por ejemplo, sosteniendo que la lucha hasta el final por el “salario mínimo y vital” llevaba directamente al enfrentamiento por el poder. De ahí que no peleara porque la Asamblea Popular impulsara activamente un conjunto de reivindicaciones que permitieran romper el ya en crisis pacto militar-campesino -debilitando la base campesina con la que aún contaban los golpistas [25]-, impulsando y garantizando la toma de tierras por éstos a la vez que se sostuviera la acción directa de la clase obrera en sus reclamos inmediatos, acción que era saboteada abiertamente por Lechín en nombre de “no provocar a la reacción” como en las huelgas del transporte y de los fabriles. Esta política no sólo que hubiese permitido lograr que la Asamblea ganase una mayor autoridad en el conjunto de los sectores que aún se encontraban al margen del proceso de movilización, avanzando en su desarrollo como poder real, sino que se habría convertido en un llamado al orden a las distintas organizaciones pequeño burguesas que realizaban acciones y tomas por cuenta propia y por fuera de las organizaciones de masas.

En segundo lugar, es falso que esta demanda era incompatible con el régimen burgués. Esta misma propuesta era sostenida por Lechín y el PCB como completamente viable en los marcos del gobierno de Torres, al punto de discutirse en el mismo la posibilidad de su aceptación. Ya estaba incluso el antecedente de cómo el MNR aceptó aspectos del “control obrero” en el ‘52 y cómo “convivió” con las milicias obreras. Y años después, dicho sea de paso, la tan mentada cogestión llegó en forma bastardeada de la mano de la UDP en la década del ‘80 sin por ello provocar la “conquista del poder” como unos años antes había proclamado el lorismo, sino que se convirtió en un elemento más de cooptación del movimiento obrero y de sostén del régimen “popular”.

Y en tercero, porque si como sostenía el POR la situación estaba yendo hacia instancias decisivas que planteaban abiertamente el problema del poder, lo clave era la preparación inmediata para éstas, cuestión ante las que el POR no planteó ninguna política independiente, especialmente en lo que hace a la cuestión del armamento del proletariado. Así, mientras el imperialismo y la oligarquía preparaban a su “kornilov” Banzer, el POR confiaba en que sería “kerensky” Torres -que en todo momento se negó a armar a los obreros- el que encabezaría la defensa contra la reacción.

Bajo la batuta reformista de Lechín y el PCB -del que Lora llegó increíblemente a afirmar que “era el único partido comunista que gracias a la acción del POR se encontraba trotskizado”-, y con el acompañamiento del POR a su izquierda, la clase obrera sería encaminada hacia la política de presión sobre el gobierno de Torres. El complemento de esta política fue la defendida por las corrientes guerrilleras (MIR, ELN, PCML, POR (C)) que, tras la verborragia de la “guerra popular prolongada” y la “revolución desde abajo”, despreciaban completamente la necesidad de movilizar a las grandes masas obreras y campesinas para la conquista del poder, tarea que reducían a la construcción de su “ejército popular”. Eran así la otra cara de la política de presión sobre Torres.

b) La no organización de las milicias obreras, la concepción marxista del estado y la política militar del proletariado

La ausencia de una política para consolidar a la Asamblea Popular como instrumento de poder, especialmente por la falta de organización de milicias obreras, se manifestaría trágicamente en el golpe del 21 de agosto, cuando la acción del proletariado, a pesar de su disposición a la lucha, prácticamente se redujo a la espera de que el gobierno de Torres entregara armas, cuestión que sólo realizó en forma ultralimitada y cuando el golpe ya no podía detenerse. Pese a que en declaraciones y comunicados, no sólo de la Asamblea Popular sino de todas las organizaciones integrantes de ella, se hablaba de la necesidad del armamento del proletariado, nadie llevó adelante en meses la más mínima acción en este sentido. Todo lo contrario, depositaron confianza en que Torres se vería en la necesidad, si quería sobrevivir a la reacción, a armar al pueblo, y contribuyeron de esta manera a mantener en la más completa pasividad al movimiento obrero frente a los públicos aprestos golpistas. El mismo Lora reconoce esto cuando señala que “era idea generalizada -compartida hasta por nosotros marxistas- que las armas serían cedidas por el equipo militar gobernante, por considerar que solo apoyándose en las masas y dotándoles de una adecuada capacidad de fuego podría, por lo menos, neutralizar a la derecha gorila. La conclusión resultó completamente equivocada, no se tuvo en cuenta que Torres consideraba preferible pactar con sus compañeros generales, capitular ante ellos, antes de armar a masas que dieron pruebas evidentes de que se encaminaban al socialismo y cuya movilización ponía en serio riesgo al ejército como institución” [26].

A pesar de la enorme tradición existente en nuestra clase obrera que facilitaba su concreción la organización de las milicias obreras no se materializó y, sin ellas, los generales golpistas vieron facilitada su tarea de mantener la unidad del ejército en los combates decisivos. Sin poner como norte la puesta en pie de las milicias, sin ellas actuando, sin un programa claro de revolución social que motorizara la movilización obrera y campesina, ¿cómo iba a dividirse el ejército y lograr los obreros quebrarlo? Este era evidentemente el problema decisivo para derrotar el golpe y abrir el camino de la revolución. Para que las masas desarrollasen sus iniciativas para armarse en el período inmediato anterior al golpe, la política de confianza en que esto se lograría a partir de la acción de los mismos militares -política que era compartida por todas las tendencias políticas incluyendo al POR- era el obstáculo clave a vencer [27]. Mientras Lora decía a la vez que “el PCB se había trotskizado” y que “Torres no tenía ningún poder” evitaba dar ninguna pelea contra el papel clave que Torres, Lechín y el PCB jugaban: el de cerrar a las masas el camino de su armamento independiente.

Sin embargo, Lora y el POR lejos de extraer las lecciones correspondientes del rotundo fracaso al que llevó la confianza en el que el camino del proletariado hacia las armas vendría del interior de las fuerzas armadas, profundizará esta política claudicante ante el estado burgués elevando al terreno de la teoría la falta de política para el desarrollo de las milicias obreras en el ‘71. En nombre de la “excepcionalidad del ejército boliviano” [28] es trastocada toda la teoría marxista del estado. Así, por ejemplo, en un número especial de Masas de abril de 1985 se señala: “Sabemos que los explotados triunfarán en sus propósitos cuando logren penetrar ideológicamente en las FF.AA. y en la policía, cuando organicen con soldados, sargentos, suboficiales y jóvenes oficiales una tendencia revolucionaria de uniformados. Así ganaremos las armas para el pueblo” [29]. ¡Y este reformismo es presentado como “trotskismo”! Ya Trotsky decía criticando las ilusiones de la socialdemocracia alemana en que la policía sería un freno para el fascismo: “El hecho de que los agentes de policía fueran reclutados en gran parte entre los obreros socialdemócratas no quiere decir absolutamente nada. Aquí también la existencia determina la conciencia. El obrero que se hace policía al servicio del Estado capitalista es un policía burgués y no obrero” [30]. En virtud de la experiencia de golpes gorilas y masacres obreras sufridas por nuestro proletariado, nada hace que debamos replantearnos esta verdad elemental del marxismo revolucionario [31].

Más clara expresión de la política de confiar en Torres para lograr el armamento de las masas es la posición sostenida en uno de sus trabajos clásicos (“El poder dual”) por René Zavaleta [32]. En él critica al conjunto de la izquierda por no haber llevado hasta el final los coqueteos con el torrismo: “pero era, en cambio, grandemente necesario encontrar un acuerdo de límites con Torres. Ahora está muy claro que la izquierda debía exigir que se la armara, como contraparte de su apoyo. ¿A qué andar con remilgos, en efecto, en materia de apoyo o de no apoyo, al servicio de purezas inquebrantables, si se iba a poner el 21 la vida misma de la gente para luchar contra los que derrocaban a Torres?” [33]. Política que está a tono con la reivindicación que este autor hace de la estrategia de colaboración de clases sostenida por el PCB.

La conformación del FRA, una vez triunfante el golpe, en el exilio, donde el POR, el PCB, el MIR y otros grupos participaban de este frente junto a Torres y a Sánchez (devenidos “militares progresistas”) no fue más que la culminación de este derrotero oportunista, el cual Lora ha transformado y elevado a categoría de teoría.

c) El “frente antiimperialista”, una variante del frente popular

Lora sostiene que “El FRA ha ingresado a la historia de las luchas sociales bolivianas como una de las importantes adquisiciones del trotskysmo, esto porque importó la plasmación de sus ideas. Frecuentemente se considera a este Frente como un producto que hubiese aparecido de la noche a la mañana o como algo dado de una vez por todas gracias a la capacidad imaginativa de algunos cerebros. En realidad, fue el resultado de una larga y apasionada lucha del POR contra las tendencias foquistas y nacionalistas que se agitaban en su seno. Las huellas de esta lucha parecen en sus documentos fundamentales. Si bien su manifiesto inaugural fue extremadamente confuso, contradictorio, lo que se denuncia un compromiso de los concurrentes en base de mutuas concesiones políticas, en las secretas Bases Constitutivas es palpable el indiscutible predominio político e ideológico del trotskismo sobre sus oponentes. Para el POR la finalidad de la política frentista no era otra que la de fortalecerse a costa de sus adversarios y ocasionales acompañantes, lo que importaba el predominio de la clase obrera sobre las otras clases sociales. El fundamento último del frente único antimperialista radica en que la revolución enla atrasada Bolivia no puede concebirse, a riesgo de caer en el estéril sectarismo, como la obra exclusiva del minoritario proletariado, sino como la obra protagonizada por la nación oprimida, en cuyo seno el campesinado cobra particular significación.” (Contribución a la Historia Política de Bolivia, t II, pág. 497).

El FRA estaba integrado por el PCB, el PCML (pro-chino), el POR, el PRIN lechinista, el ELN, otras organizaciones guerrilleras y las Fuerzas Armadas Revolucionarias, que agrupaban a militares y policías encabezados por el mayor Sánchez. Torres, el “kerensky” boliviano depuesto por el golpe, lo integró en un primer momento. En él unas cuantas definiciones sobre lucha por “el socialismo como objetivo político” eran presentadas por el POR como el justificativo de la formación de un frente político de tipo estratégico en el que sus miembros debían subordinarse a “la ejecución de la línea votada en el Frente” que actuaría como “entidad unitaria en todos los frentes de la vida social (...) [presentando] listas únicas en los eventos electorales de todo tipo”. Un frente en el que se indica que se llegará al poder no sólo con los reformistas sino ¡con los representantes de la policía y el ejército bolivianos! [34] En esta instancia llega a su máxima expresión capituladora la estrategia del “frente antiimperialista”. La explicación de que ésta se justifica “por la necesidad de ganar para la revolución a las masas oprimidas de la nación, en particular a los campesinos” no resiste la mínima prueba. Al contrario, sólo luchando encarecidamente contra la influencia en el seno de las masas de los reformistas y de los representantes de la “burguesía liberal” (en el FRA expresados en la figura de “los representantes de las fuerzas armadas y la Policía bolivianas”) es que el proletariado puede plantearse como el caudillo de la nación oprimida. Por más disfraces que le busque el POR, no era la política bolchevique sino una típicamente menchevique la que encarnaba el FRA.

Más en general, según el POR “el frente antiimperialista debe considerarse como la unidad de las clases sociales llamadas a ser las protagonistas de la revolución bajo la dirección proletaria en un país rezagado en su desarrollo capitalista” [35]. Sin concebir el desarrollo de organismos de democracia directa de los explotados como la llave maestra de los revolucionarios para superar en la lucha a las direcciones contrarrevolucionarias, el POR busca “resolver” este problema crucial mediante la firma de programas completamente confusos con las direcciones pequeñoburguesas y hasta burguesas. En la práctica el “frente antiimperialista” le ha servido al POR como paraguas para sostener todo tipo de claudicaciones a las direcciones traidoras. Más allá de las distintas utilizaciones y formulaciones que ha realizado el POR de esta política [36], nosotros sostenemos que el “frente antiimperialista” no es más que una versión “izquierdista” de la política stalinista del frente popular. Una especia de “frente popular de combate” como el que sostenían los centristas criticados por Trotsky en los años treinta; o, incluso, de un frente popular liso y llano. De ahí que Lora haya llegado a afirmar que “teóricamente no puede descartarse el ingreso de la burguesía industrial o nacional (no hablamos de la intermediaria o comercial) en el frente antiimperialista si el partido político de esa clase ha logrado timonear los planteamientos y movilizaciones en pro de la liberación nacional” [37]; o que “un frente antiimperialista puede englobar a la policía en su conjunto, como institución, y no únicamente la fracción antifascista.” [38] Téngase claro que no estamos hablando aquí de la “unidad de acción antiimperialista”, es decir, de acuerdos circunstanciales realizados con direcciones reformistas, pequeño burguesas o aún burguesas por algún objetivo preciso, por ejemplo, un ataque imperialista contra la nación semicolonial, sino ante un frente político, programático, con direcciones reformistas y nacionalistas pequeñoburguesas (y aún burguesas), con las que se plantearían definiciones estratégicas de poder que, ante la defección del resto, hipotéticamente permitiría que el POR conquistase la dirección de las masas obreras y campesinas.

Lora sostiene históricamente que esta política está tomada de las “Tesis de Oriente” del IV Congreso de la Internacional Comunista. Más allá que la peculiar interpretación que Lora y el POR hacen del “frente antiimperialista” sea una versión oportunista que no se desprende directamente de las tesis, lo cierto es que estas fueron superadas por la historia. Cuando la III Internacional formuló las “tesis de oriente” aún no había ocurrido la revolución china y la teoría de la revolución permanente no había sido extendida como concepción para el conjunto de los países coloniales y semicoloniales. Es así que Trotsky jamás se volvió a referir al “frente antiimperialista” a lo largo de su vida. No figura como táctica en las discusiones sobre la revolución china [39], ni en el Programa de Transición ni tampoco está planteada en sus escritos sobre Latinoamérica realizados durante su estancia en México [40]. Es evidente que en Trotsky, que prestó tanta atención a los problemas de la revolución proletaria en los países coloniales y semicoloniales, la ausencia de referencia al “frente único antiimperialista” de las Tesis de Oriente no es un “olvido” sino producto de una concepción que consideraba superada con la formulación de 1928 de la teoría de la revolución permanente. El “frente antiimperialista” es un verdadero fraude con el que el POR ha justificado “teóricamente” su adaptación a las direcciones traidoras.

III. DE LA UDP A LAS “JORNADAS DE MARZO” DEL ‘85: OTRA VEZ AUSENCIA DE ESTRATEGIA SOVIÉTICA

En todo el período que va de la caída de la dictadura de García Meza (surgida de un golpe para impedir el acceso al gobierno de la Unidad Democrática Popular [41] en 1980, en medio de la inestabilidad que siguió a la caída de Banzer) hasta el año ‘85, bajo el gobierno de la UDP -que asume en 1982 con Siles Suazo en la presidencia- la burocracia sindical desgastará las energías obreras desplegadas a lo largo de tres años de extraordinarias luchas. En setiembre del 82 estalla la huelga general a iniciativa de los distritos mineros y que obliga a la dictadura a retirarse a toda prisa, convocando al congreso disuelto en 1980 para que entregase el poder a Siles y la UDP. Llamará a confiar y a trabajar gratis para el gobierno “popular”, y participará en la cogestión obrera de COMIBOL. El gobierno de Siles fue de una enorme inestabilidad, maniobrando entre la crisis económica y el ascenso obrero y de masas. En dos años cambió siete veces de gabinete ministerial. La debilidad del gobierno se manifestó crudamente durante la huelga general indefinida por el salario mínimo vital durante noviembre del ‘84 y que obligó al gobierno a adelantar las elecciones en un año. En marzo de 1985 la situación se había hecho intolerable para los trabajadores, cuyos salarios se deterioraban a pasos acelerados en medio de una inflación galopante. El gobierno, a su vez, se encontraba desprestigiado a ojos de las masas y debilitado: en el poder quedaba sólo el MNRI, habiéndose retirado tiempo antes del mismo el MIR, primero y ya más tarde el PCB. Ante la presión de los mineros que en asamblea tras asamblea se pronunciaban por marchar a La Paz, la COB llamó a una movilización para el lunes 4 de marzo bajo el lema de Paz y Libertad, reivindicando la aplicación inmediata de la escala móvil de salarios y el salario mínimo vital y móvil, control estricto de precios de los artículos de primera necesidad y congelamiento de precios de los artículos controlados por el Estado, solución inmediata del crítico problema del abastecimiento, precios racionales para los productos campesinos y tarifas justas para el autotransporte, defensa del espacio de libertades política y sindicales. La columna de más de 10.000 mineros fue ese día el núcleo de cerca de 50.000 manifestantes que se movilizaron de Plaza San Francisco hasta Plaza Murillo, frente a la Casa de Gobierno. Los mineros decidieron que no se iban sin una respuesta a sus reclamos y decidieron quedarse imponiendo una asamblea general para el martes 5 que impuso la huelga general al ampliado de secretarios generales del sector minero que se reunió al día siguiente. Al otro día a la mañana se pronunciaba en el mismo sentido el ampliado de secretarios generales de los fabriles y, a la tarde, el ampliado de la COB -que llamó a la huelga general indefinida de todo el movimiento obrero y popular a partir de las cero horas del 8 de marzo- no hizo más que formalizar un hecho consumado. Los 10.000 mineros permanecieron en La Paz hasta el 24 de marzo, cuando la dirección de la COB levantó la huelga. En esos 16 días de huelga general la burocracia de la COB arrastró a los trabajadores a la impotencia. El POR centró toda su política detrás de la lucha por el salario mínimo, vital y móvil hasta el final, poniendo el acento en que no se aceptasen las distintas propuestas de negociación con las que el gobierno (que incluyeron la propuesta de cogobierno a la COB) respondía negativamente a los 17 puntos del pliego petitorio de la huelga general. Al inicio del conflicto la burguesía estaba dividida: un sector del MNR encabezado por Paz Estenssoro alentaba la renuncia de Siles a quien buscaba reemplazar por Garret Ayllon, mientras en el ejército había un grupo de “militares patriotas”, de tinte populista, que se aprestaba a dar un golpe. Lechín alentaba la primera vía mientras el PS-1 y un sector del MIR apostaban al “golpe patriótico”. El ejército estaba en crisis y en un primer momento paralizado frente a la incursión de los mineros armados de dinamita que ocupaban la capital. Con el crecimiento de la acción obrera, estas brechas fueron cerrándose: la embajada norteamericana conminó a los distintos sectores burgueses a apoyar al gobierno y fue otorgado un aumento salarial del 500 % a todos los miembros de las Fuerzas Armadas y la policía. La burocracia cobista fue en sus discursos dejando de lado el reclamo de “Abajo Siles” con el cuál se habían iniciado las movilizaciones. Con una dirección que sólo se preocupaba en no ser rebasada era evidente que los trabajadores para triunfar necesitaban sacarse de encima a la burocracia dirigente que a través de los ampliados de la COB controlaba el movimiento. Una política soviética se imponía para desplazar a los dirigentes traidores. El POR en ningún momento impulsó esto. En el ampliado en que se discutió la oferta de cogobierno, Cruz, dirigente minero del POR sostuvo que “si en la lucha por el salario mínimo vital con escala móvil los trabajadores se dan cuenta de que hay que derrocar a Siles y tomar el poder, entonces habrá que hacerlo. Es una trampa del oficialismo preguntar dónde está la alternativa de poder para que los trabajadores hagan la revolución. Ese órgano de poder irá surgiendo a medida que los trabajadores sean conscientes de que deben tomar el poder.” [42] ¿Pero qué política impulsó el POR para el surgimiento de ese “órgano de poder” durante toda la huelga? Ninguna. Igual que en tres años de lucha de masas y enfrentamiento con el gobierno frente populista y donde el desprestigio y el cerco sobre Lechín y la burocracia se había hecho enorme. Así, con las decisiones a tomar en manos de la burocracia cobista, la burguesía fue cerrando filas, los mineros desgastándose y los dirigentes traidores llevaron la huelga general a la derrota. Sin alternativa clara, la acción de los mineros quedó impotente y terminó derrotada, encontrando la burguesía una salida a la crisis con las elecciones (que habían sido adelantadas en un año) y que permitieron el recambio de gobierno por el de Paz Estenssoro, quien dicta el famoso Decreto 21060, que condensa el programa de reformas “neoliberales”. Los trabajadores contestan con la huelga general de setiembre, pero ésta es derrotada bajo el Estado de Sitio. Luego de la derrota de Calamarca, donde el ejército cerca y obliga a levantar la marcha a pie de los mineros hacia La Paz, se termina de asentar un período general de retroceso para el proletariado de nuestro país y se clausura así un nuevo ciclo de aguda lucha de clases. Como en marzo del 85, otra vez vemos en el POR la ausencia de estrategia soviética y su reemplazo por la política de presión sobre la burocracia cobista. Los morenistas del entonces PST, por su parte, plantearon como eje político “que la COB tome el poder”. Pero este reclamo, igual que en el ‘52, estaba dirigido a la burocracia dirigente, sin plantear tampoco el mínimo atisbo de política para el desarrollo de organismos de tipo soviético. Su política también era obligar a los dirigentes “a ir más allá” de lo que querían.

En estas páginas, hasta aquí, hemos pasado revista a tres episodios decisivos, hitos de más de medio siglo en que la historia de Bolivia ha sido un riquísimo laboratorio de aguda lucha de clases y una fuente de extraordinarias lecciones revolucionarias, que el proletariado y las masas de nuestro país abonaron con heroicos combates, brillantes victorias y crueles derrotas. La mayor de estas lecciones, y la más trágica, es la necesidad de un auténtico partidorevolucionario. Ninguno de los partidos y programasque se probaron en este período fue capaz de pasar las pruebas decisivas de la lucha de clases y convertirse en tal. El POR, en particular, a pesar de reclamarse trotskista, ha sido por completo incapaz de aprender estas lecciones y superar su centrismo. La actuación del POR en los tres procesos decisivos, de agudísima lucha de clases que hemos analizado: en el ‘52, el 70-71 y el 83-85, demuestra que este partido puede ser caracterizado en la forma que Trotsky lo hacía con el POUM en España: “El POUM estaba, en España, a la izquierda de los demás partidos y contaba sin duda alguna en sus filas con elementos revolucionarios desprovistos de vínculos sólidos anteriores con el anarquismo. Pero fue ese partido precisamente el que desempeñó un papel nefasto en el desarrollo de la revolución española. No llegó a ser un partido de masas porque para lograr tal cosa era necesario antes derribar a los antiguos partidos y porque sólo era posible derribarlos mediante una lucha irreconciliable, una denuncia implacable de su carácter burgués. Sin embargo, el POUM, al mismo tiempo que criticaba a los antiguos partidos, se subordinaba a ellos en todas las cuestiones fundamentales” [43].

El carácter centrista, poumista, del POR se ha evidenciado una y otra vez en su negativa a llevar a cabo “una lucha irrenconciliable, una denuncia implacable” contra las direcciones traidoras del movimiento obrero. El POR ha demostrado esto en su seguidismo y adaptación a la burocracia cobista, en su estrategia frentepopulista del FRA, en su negativa permanente a levantar una política de autoorganización en sentido soviético, en las gravísimas capitulaciones al MNR, a Lechín, al stalinismo, que hemos registrado en 52, el 71 y el 85, donde ha terminado “subordinándose a ellos en todas las cuestiones fundamentales”, tal como demuestran hasta el cansancio los hechos documentados.

En la hora actual, la necesidad de combatir intransigentemente a las direcciones burocráticas y proburguesas, y de construir una dirección revolucionaria se manifiesta en cada lucha del movimiento obrero y de masas. Las futuras movilizaciones de las masas no harán sino incrementar esta urgencia decisiva. Es más necesario que nunca, en consecuencia, superar el inveterado centrismo del POR y poner en pie una organización verdaderamente trotskista y revolucionaria, que pueda estar a la altura de los nuevos combates que protagonizarán los obreros, campesinos y oprimidos del país.

[1] Teniendo principalmente bajo observación al gobierno del PRN (antecesor del PRI) bajo Cárdenas, Trotsky había realizado la siguiente definición de este tipo de regímenes: "En los países industrialmente atrasados el capital extranjero juega un rol decisivo. De ahí la relativa debilidad de la burguesía nacional en relación al proletariado nacional. Esto crea condiciones especiales de poder estatal. El gobierno oscila entre el capital extranjero y el nacional, entre la relativamente débil burguesía nacional y el relativamente poderoso proletariado. Esto le da al gobierno un carácter bonapartista sui generis, de índole particular. Se eleva, por así decirlo, por encima de las clases. En realidad, puede gobernar o bien convirtiéndose en instrumento del capitalismo extranjero y sometiendo al proletariado con las cadenas de una dictadura policial, o bien maniobrando con el proletariado, llegando incluso a hacerle concesiones, ganando de este modo la posibilidad de disponer de cierta libertad en relación a los capitalistas extranjeros". (Trotsky, "La industria nacionalizada y la administración obrera", 12-5-1939, destacado en el original, en Escritos Latinoamericanos de León Trotsky, ediciones CEIP)

[2] El del general Villarroel surge como un gobierno bonapartista sui-generis, con el apoyo del MNR y otros sectores nacionalistas como RADEPA ("Razón de Patria") y evoluciona hacia un régimen proimperialista y represivo. Era continuación de los distintos regímenes militares que, con discurso "socializante" y populista, surgieron luego de la guerra del Chaco.

[3] La complejidad de este proceso en el que el levantamiento popular se veía combinado con la política de la oligarquía y el stalinismo -que se oponían al gobierno- para volverlo en su favor, provocaría una intervención del POR muy contradictoria en el mismo, ya que sectores del partido pelearían contra el levantamiento por el carácter reaccionario de su dirección, y otros comprendiendo correctamente el carácter progresivo del movimiento, participaron activamente del levantamiento. Guillermo Lora, que mientras sucedían los hechos estaba refugiado del gobierno en el campo, posteriormente sostendrá que este movimiento era "contrarrevolucionario desde el comienzo", adoptando el punto de vista que tenían los sectores sindicales vinculados al MNR.

[4] A posteriori, Lora formulará la siguiente crítica parcial a las tesis de Pulacayo: "Sin embargo se cometió una falla al no formular la táctica del Frente Antiimperialista, capaz de permitir que la clase obrera y los mineros, se convirtiesen en dirección política de la nación oprimida y desembocasen en la revolución proletaria. Los poristas y entre ellos Escobar (seudónimo de Lora, NdeR), han sido los primeros en señalar esta deficiencia del planteamiento de Pulacayo." (Contribución a la Historia Política de Bolivia, T.I). Las insuficiencias que deben señalársele a las tesis no son las que formula Lora. Junto con la ya señalada equivocada mecánica de la relación entre tareas democráticas y socialistas de la revolución, están subestimadas reivindicaciones (como la reforma agraria) capaces de lograr la alianza obrera y campesina. Tampoco se plantea en ellas la necesidad de que la clase obrera, para materializar el avanzado programa de acción contenido en las tesis, debía desarrollar sus propios organismos, controlados por la base, con democracia directa y delegados revocables, de manera tal que la clase pudiera hacer la experiencia con las direcciones que circunstancialmente podrían estar en mayoría, como el MNR en ese momento. La política del POR no planteaba el desarrollo de organismos de este tipo.

[5] "Por otra parte, en caso de movilización de masas bajo el impulso o la influencia preponderante del MNR, nuestra sección debe sostener con todas sus fuerzas al movimiento, no abstenerse sino al contrario intervenir enérgicamente en vista de llevarla lo más lejos posible, comprendiendo esto hasta la toma del poder por el MNR, sobre la base del programa progresivo del frente único antiimperialista (...) Si contradictoriamente, en el curso de estas movilizaciones de masas, nuestra sección comprobase que disputa con el MNR la influencia sobre las masas revolucionarias, ella levantará la consigna de gobierno obrero y campesino común a los dos partidos, siempre sobre la base del mismo programa, gobierno apoyado en los comités obreros y campesino y los elementos revolucionarios de la pequeño burguesía" ("Tarea específicas y generales del movimiento proletario marxista revolucionario en América Latina", en Quatrième Internationale, agosto de 1951). El Tercer Congreso de la IV Internacional, realizado en París en 1951 (al que asistió Lora) consagraba la política pablista del entrismo "sui generis" al stalinismo y sostenía una política de presión hacia los movimientos nacionalistas burgueses. En sus resoluciones sobre Bolivia y en sus "consejos" al POR sostenía posiciones a la "derecha" de Lora, al que acusaba de "sectario".

[6] Entrevista a G. Lora, publicada en The Militant el 12 de mayo de 1952. Aunque Lora, en su balance de esos años, sostiene que la política por él levantada nunca incluyó el apoyo crítico al MNR ni a su ala izquierda, sino que ésta sólo fue la postura de algunos comités locales (principalmente el de Cochabamba) que después darían lugar a la base de una ruptura oportunista hacia el MNR, esto, como vemos, es difícil de demostrar a la luz de los documentos escritos.

[7] Lora no señala haberse opuesto a esta resolución. Poco tiempo después, luego de que el POR se encontraba fraccionado en dos grupos -uno encabezado por Lora, la Fracción Obrera Leninista, y otro alentado por Posadas y Pablo, la Fracción Proletaria Internacionalista-, es de las filas de la fracción lorista de donde sale el grupo que llamará a disolverse en el MNR, llevando a sus conclusiones extremas la política del "frente antiimperialista" que Lora sostenía. Si bien Lora se opone a la disolución en el MNR y rompe con los que entraron directamente al partido de gobierno como a la postura más abiertamente capituladora de los pablistas, la política del "frente antiimperialista" no podía más que alentar las tendencias oportunistas.

[8] Los pablistas levantarían esta consigna una vez perdida su efectividad, cuándo el lechinismo había avanzado en la burocratización de la misma.

[9] Tomemos sólo un ejemplo más de estas definiciones de apoyo al "ala izquierda" del MNR en el cual depositaba sus expectativas en 1952: "Los sólidos cuadros obreros en el MNR, la eliminación de las tendencias contrarrevolucionarias, un programa político que representa los intereses de las clases explotadas, en pocas palabras la absoluta preeminencia de la clase obrera dentro de las filas del MNR es el único medio por el cual el MNR puede tener un importante rol en el curso revolucionario hacia el gobierno obrero y campesino" (Lucha Obrera, 11-11-52)

[10] Así el mismo Lora señala que "bajo sugerencia porista se aprobó que las decisiones de la COB eran mandato imperativo para los ’ministros obreros’. Cuando se presentó la lucha dentro del gabinete entre las tendencias movimientistas de derecha e izquierda (dentro de esta figuraban los ministros obreros que constituían el lechinismo), el POR lanzó la consigna de más ministros obreros y, por tanto, la expulsión del gobierno de la derecha, demanda que quedaba muy grande para Lechin y cía." (Contribución a la Historia Política de Bolivia). Es decir, una política que "más ministros obreros" en el gobierno burgués como si fuese un equivalente de la correcta táctica leninista de exigir "Fuera los ministros capitalistas" en 1917, cuando es su contrario. El leninismo utilizó la táctica de "fuera los ministros capitalistas" para explicar a las grandes masas la necesidad de un gobierno obrero y campesino, así como para lograr desenmascarar al gobierno de los mencheviques y los socialistas revolucionarios como un gobierno al servicio de los capitalistas, mientras peleaba con una estrategia sovietista como "todo el poder a los soviets", tensando al partido para la insurrección y la toma del poder.

[11] Dirigente del ala izquierda de la SFIO (Sección Francesa de la Internacional Obrera, nombre del partido socialdemócrata), de la que rompería para formar poco antes de la Segunda Guerra Mundial el Partido Socialista Obrero y Campesino (PSOC).

[12] Nombre de la corriente liderada por Pivert al interior de la SFIO.

[13] Carta de Trotsky a Rous, 13 de noviembre de 1935, tomado de Estrategia Internacional nro. 4/5, julio de 1995.

[14] Ex militante de lo que fue el Ejército Guerrillero Tupac Katari, organización que buscaba combinar el indigenismo y el marxismo. La necesidad de polemizar con la visión de este autor estriba en su influencia sobre algunas federaciones sindicales especialmente de fabriles, donde elaboró las tesis aprobadas por el sector durante el último congreso fabril, así como es la expresión en nuestro país de toda una corriente que a nivel internacional intenta pasar como "novedosas" la vieja estrategia de apoyo a las direcciones reformistas.

[15] La polémica es también metodológica. Álvaro García cae en un reduccionismo explicativo pretendiendo dar cuenta de la conformación de la subjetividad obrera a partir del análisis de las condiciones en que se realiza el proceso de trabajo. "El que la relación de el-capital, el horizonte capitalista, no hubiese sido jamás superado sino tan sólo interpelado en sus formas de administración, no es tan sólo un problema de ’conciencia’, de lecturas, sino sobre todo de práctica productiva históricamente labrada durante décadas desde las fuentes mismas de donde brotan las relaciones sociales primordiales: el proceso de trabajo. En este caso, son las relaciones materiales de poder, de subordinación, de desposesión, de fragmentación y obediencia laboral vividas durante décadas en los talleres las que producen todo un espacio de disposiciones prácticas y de representaciones simbólicas en los dominados, que luego van a actuar como fuerza material que ha de tender a reproducir, con la naturalidad de las evidencias formativas, los órdenes simbólicos de la dominación soportada". Pero si lo miramos desde las prácticas elaboradas en el proceso de trabajo, bajo el dominio del capitalismo, siempre veremos a un trabajador que es poco más que nada y un capital que lo es prácticamente todo. De otra forma sería alimentar la expectativa de que es posible un trabajo no enajenado en los marcos del capitalismo, lo que no es más que una utopía completamente reformista, es decir, reaccionaria. Si la emancipación de la clase obrera dependiera de poder llevar adelante una "práctica productiva históricamente labrada durante décadas" que no fueran enajenantes, ¿para qué la revolución proletaria? Precisamente el derrocamiento del poder estatal burgués y su reemplazo por la dictadura del proletariado se presenta como imprescindible para que los trabajadores -en caso de nuestro país acaudillando a los campesinos y demás sectores oprimidos- pongan los medios de producción bajo su dominio y encaren la construcción del socialismo, como parte de la lucha por la revolución socialista internacional.

No puede ser en el proceso de trabajo mismo donde broten las tendencias a la superación de la alienación de la clase obrera. Esta se produce precisamente por la superación del ámbito donde el obrero desarrolla el proceso de trabajo, que no puede más que ofrecerle una visión fragmentada y parcelada de sí mismo. Es convirtiéndose en sujeto político independiente, adoptando no su punto de vista de obrero particular sino el de los intereses históricos de la clase obrera mundial que expresa el programa marxista revolucionario, como los trabajadores pueden elevarse por encima de su condición de explotados y hacen surgir la estrategia y la táctica que les permitan derrotar al enemigo. Como señalaba Marx ya en el Manifiesto Comunista, "toda lucha de clases es una lucha política".

En la "explicación" de García Linera, la lucha política de fracciones, tendencias y partidos en el seno del movimiento obrero desaparece. Los distintos estamentos del proletariado también. No hay vanguardias y retaguardias. No hay programas en disputa. Hay sólo una masa obrera tomada como un todo, presentada en una falsa homogeneidad, toda ella -y particularmente la vinculada a la gran industria- con una incapacidad estructural para rebasar el orden burgués.

[16] César Lora, que encabezaba a los mineros de Siglo XX, fue asesinado en 1965 y Camacho en 1967. Ambos eran reconocidos dirigentes del POR.

[17] Mediante el pacto militar-campesino los sindicatos campesinos a través del control de los caciques y otorgamiento de prebendas serían sostén de la dictadura contra la oposición obrera.

[18] Guerra de Vietnam, "mayo francés", "otoño caliente italiano", "primavera de Praga", "revolución de los claveles rojos" en Portugal, Cordobazo y demás acontecimientos en Argentina, desarrollo de los "cordones industriales" en Chile, etc., son sólo algunos de los ejemplos de este enorme proceso de ascenso y radicalización obrera y popular.

[19] Ovando había tomado medidas de tinte antimperialista, buscando acompasar a su gobierno con el de Velasco Alvarado en Perú. En su gabinete había incluído varios intelectuales nacionalistas y "socialistas" (como Marcelo Quiroga Santa Cruz) que se habían opuesto a Barrientos.

[20] La denominación de este tipo de gobierno toma su nombre de Kerensky, el último gobernante burgués de Rusia antes de la revolución de Octubre.

[21] El 6 de octubre de 1970 el gral. Rogelio Miranda ensaya un golpe contrarrevolucionario. Ovando se asila en la embajada argentina. Pero la COB lanza la huelga general y las FF.AA. se dividen y en El Alto el gral. J. J. Tórrez anuncia su decisión de resistir al intento de Miranda, que se desmorona mientras una gigantesca movilización de masas ocupa las calles en todo el país. Al día siguiente Tórrez se posesiona de la presidencia.

[22] Con respecto a esta cuestión no viene mal recordar parte de las líneas que le dedica Trotsky en el Programa de Transición: "Los demócratas pequeñoburgueses -incluyendo a socialdemócratas, stalinistas y anarquistas- dan alaridos tanto más estridentes a propósito de la lucha contra el fascismo cuanto más cobardemente capitulan ante él. Sólo destacamentos obreros armados, que sientan detrás de ellos el respaldo de decenas de millones de trabajadores, pueden oponerse con éxito a las bandas fascistas... Los piquetes de huelga son el núcleo básico del ejército proletario. Este es nuestro punto de partida. Es perentorio propagar, con ocasión de cada huelga y cada manifestación, la necesidad de crear grupos obreros de autodefensa. Es preciso inscribir esta consigna en el programa del ala revolucionaria de los sindicatos. Es perentorio, en todas partes donde sea posible, empezando por los grupos de jóvenes, organizar grupos de autodefensa, e instruirlos y ejercitarlos en el manejo de las armas.

Una nueva oleada en el movimiento de masas no sólo serviría para aumentar el número de estas unidades, sino también para unirlas por barrios, ciudades, regiones. Es preciso dar expresión organizada al odio legítimo de los obreros por los rompehuelgas y las bandas de gángsters y fascistas. Es preciso levantar la consigna de milicia obrera como única garantía seria de la inviolabilidad de las organizaciones, las asambleas y la prensa obreras. Sólo mediante este trabajo de agitación y organización sistemático, perseverante, infatigable, decidido, siempre sobre la base de la experiencia de las masas mismas, es posible desarraigar de su conciencia las tradiciones de sumisión y pasividad; entrenar a destacamentos de luchadores heroicos capaces de sentar un ejemplo para todos los trabajadores; infligir una serie de derrotas tácticas a los asesinos armados de la contrarrevolución; aumentar la autoconfianza de los explotados y los oprimidos; desacreditar al fascismo ante los ojos de la pequeño burguesía y abrir el camino de la conquista del poder por el proletariado. Engels definió el Estado como destacamento de ’hombres armados’. El armamento del proletariado es un apremiante elemento concomitante de su lucha por la liberación. Cuando el proletariado lo quiera, encontrará la vía y los medios para armarse".

[23] Contribución a la Historia Política de Bolivia T.II

[24] Una lógica similar era la sostenida por el argentino Nahuel Moreno, que reducía el programa a "las dos o tres consignas que movilizan".

[25] Como lo atestigua el hecho de que durante el gobierno de Torres 45 camiones llenos de campesinos armados ocupan la ciudad de Sta. Cruz dirigidos por la FSB.

[26] G. Lora, "Bolivia: de la Asamblea Popular al golpe fascista", El Yunque editora, pág. 97.

[27] La preparación de la respuesta obrera al golpe había sido realizada según el supuesto de que las fuerzas armadas se mantendrían mayoritariamente leales a Torres y entregarían armas a los obreros. Como relata el mismo Lora: "Se tenía acordado que las masas permanecerían a la expectativa hasta tanto las fracciones leales a Torres venciesen la resistencia del gran cuartel de Miraflores, para luego asaltar los arsenales y armarse. La caída de Torres fue decretada por la defección de la fuerza aérea; cuando en ese momento el oficialismo insinuó que la multitud concentrada a la altura del stadium de La Paz se lanzase sobre el gran cuartel (la idea era la de intentar salvar la situación ya perdida con una actitud temeraria) los poristas se opusieron a la aventura."(Contribución a la Historia Política de Bolivia, t.II, pág. 495).

[28] Podemos tomar a modo de ejemplo de esta concepción la siguiente afirmación de Lora tomada de un reciente artículo de Masas: "Una de las particularidades de Bolivia está en la existencia de una corriente militar que se reivindica del trotskismo. Con esta tendencia discutimos públicamente para evitar el peligro del golpismo. El frente antiimperialista es leninismo y no el frente popular que sustentó Moreno. El FRA fue un frente amplio dentro del programa porista." (Masas Nº 1658)

[29] Masas Nº 936, pág. 10, 28 Congreso del POR, Tesis y Resoluciones, abril de 1985.

[30] León Trotsky, "¿Y ahora...?" en "Alemania, la revolución y el fascismo", vol. 1, pág. 15, Juan Pablos Editor.

[31] posición de completa ruptura con la concepción marxista del estado, ha tenido también una clara expresión en la actitud de los pequeños grupos seguidores del POR en Latinoamérica, que han apoyado en los últimos años a movimientos policiales profundamente reaccionarios como fue en el caso del T-POR en Brasil, que no tuvo el menor inconveniente de apoyar el levantamiento de la policía paulista por salarios, cuando es esta misma policía la que asesina cotidianamente a niños de la calle, mendigos, dirigentes campesinos, etc.; o en el caso de la Argentina donde los loristas apoyaron los levantamientos de la policía de la provincia de Mendoza por salarios y "pertrechos" para reprimir las huelgas obreras, así como la impunidad a los acusados de asesinato de jóvenes estudiantes.

[32] Diputado en 1962, y ministro de minas en 1964. Luego convertido al stalinismo, y referente teórico y político de importantes sectores de izquierda. Hoy fallecido.

[33] El poder dual, pág. 223.

[34] Basten algunas citas para mostrar el embellecimiento de las FAR que hacía la izquierda cuando decían que estos oficiales se habían definido por el "marxismo-leninismo": "Mi lucha no tiene otro objetivo que el de lograr la integración de las fuerzas armadas con su pueblo (...) Nuestra lucha no es antimilitarista, es esencialmente antiimperialista. Ninguna revolución podrá marchar sin el concurso y el esfuerzo de las fuerzas armadas, institución nacida de la entraña misma del pueblo para el servicio del pueblo." (Mayor Sánchez, Combate Nº 9, enero de 1972). "Se está con los que traicionan las instituciones armadas aliándose al MNR que está vetado por las Fuerzas Armadas, o se está con las mayorías nacionales; se está, en fin, con los que cometen crímenes comprometiendo el prestigio y el honor de las Fuerzas Armadas y la Policía bolivianas, o se está con la Patria (...) Desde la clandestinidad y el exilio, informamos a todos los camaradas de las fuerzas armadas y la Policía Boliviana que, en forma conjunta, y en representación de ambas instituciones nos hemos integrado al FRA." (Documento del FRA, Ediciones Liberación, Bolivia, noviembre de 1971). ¿Qué más claro de los propósitos claramente defensores de las contrarrevolucionarias fuerzas armadas burguesas bolivianas que esto?

[35] G. Lora, "El frente antiimperialista", 1984, pág. 5

[36] El "frente antiimperialista" es definido alternativamente como un "frente de izquierda", "frente de los partidos marxistas", "frente con el ala obrera del nacionalismo", "frente del proletariado con las demás clases oprimidas", "la COB es un frente antiimperialista", y otros.

[37] G. Lora, "El frente antiimperialista, 1984, pág. 32.

[38] G. Lora, Respuesta al impostor Nahuel Moreno, pág. 48.

[39] Ni en las partes dedicadas a China en "Stalin, el gran organizador de derrotas" ni en "La revolución permanente" aparece formulación alguna sobre esta cuestión.

[40] Véase al respecto la edición de reciente aparición, Escritos Latinoamericanos de León Trotsky, Ediciones CEIP León Trotsky.

[41] La UDP era un típico frente popular que incluía al MNRI dirigido por Siles Zuazo, al PCB, al MIR y otros grupos menores.

[42] Citado en Correo Internacional Nº 11, pág. 25, agosto de 1985.

[43] León Trotsky, "Clase, partido y dirección", en Escritos sobre España, págs. 199 y 200, Ediciones Ruedo Ibérico.


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