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GRECIA

Las elecciones en Grecia y el debate estratégico en la izquierda


El 21 de septiembre Alexis Tsipras volvió a asumir el cargo de primer ministro al frente de una coalición entre su partido, Syriza y los nacionalistas de derecha de Anel. En solo dos meses se pasó del triunfo masivo del voto NO en el referéndum de julio a darle una “segunda oportunidad” a un gobierno que subió por izquierda y terminó aceptando el ajuste más duro impuesto por los acreedores. Syriza representó el “mal menor” frente a los partidos tradicionales, Nueva Democracia y Pasok, que son considerados los autores de la tragedia que vive el pueblo griego.
 

Por Claudia Cinatti

La maniobra de Tsipras de renunciar y llamar a elecciones anticipadas fue riesgosa pero, al menos en el corto plazo, rindió sus frutos. Tras la firma del tercer memorándum, el primer ministro había perdido su mayoría parlamentaria y estaba a merced de la oposición para gobernar, lo que ponía en cuestión la estabilidad política necesaria para llevar adelante los ajustes.

Ese problema parece estar superado. Con el triunfo en las elecciones del pasado domingo y la colaboración de sus viejos socios de Anel, Tsipras se aseguró una ajustada mayoría parlamentaria de 155 sobre 300 diputados. Es menor a la que tenía en enero pero suficiente para gobernar. En el marco de la crisis política que acompaña como la sombra al cuerpo el desarrollo de la crisis económica, y que se llevó puesto al bipartidismo PASOK-Nueva Democracia, esto parece dar un respiro. Aunque los cuatro años de gobierno estable que promete Tsipras suenan más a ciencia ficción.

En el frente interno, las elecciones le dieron un bonus track: no solo se sacó de encima al ala izquierda de su partido, sino que también logró expulsarla del parlamento. Los 25 diputados disidentes de Syriza, que junto con otras fuerzas de izquierda conformaron Unidad Popular, no superaron el umbral del 3% y se quedaron sin ninguna banca.

A pesar de la fragmentación, casi el 90% de los 300 diputados que conforman el parlamento pertenecen ahora a partidos que votaron la aplicación de los planes de ajuste exigidos por los acreedores de Grecia (la Unión Europea, el FMI y el Banco Central Europeo). Los que quedan por fuera de este consenso “europeísta” pro memorándum son por izquierda el Partido Comunista Griego y por derecha los nazis de Aurora Dorada.

La izquierda radical nucleada en Antarsya-EEK (a la que el PTS llamó a apoyar a pesar de tener diferencias políticas) obtuvo una votación modesta.

Los líderes de la Unión Europea saludaron con alivio el triunfo de Tsipras, aunque hubieran preferido al PASOK y a To Potami como socios de Syriza en lugar de Anel, o incluso un gobierno de “unidad nacional” que incluya a Nueva Democracia. Protestaron lo justo para que quede claro su posición. Quizás, en los próximos meses, todavía tengan chances de ver cumplidos sus deseos. No hubo tiempo para los festejos. Inmediatamente le exigieron a Tsipras que se ponga a trabajar para cumplir los compromisos asumidos con el tercer rescate, que no son pocos.

Antes de fin de año, el nuevo gobierno de Syriza deberá lograr la aprobación parlamentaria del 80% de las medidas exigidas en el tercer memorándum. Esto supone acordar con los acreedores la reforma del sector bancario para acceder los 25.000 millones de euros asignados para la recapitalización de los bancos viables. Para octubre se espera que logre poner en marcha algunas (contra) reformas para aumentar el IVA, gravar a productores agrarios, bajar las pensiones, recortar el gasto público, flexibilizar los contratos y limitar las negociaciones colectivas, reducir la plantilla de empleados públicos y avanzar con un programa agresivo de privatizaciones supervisado directamente por una instancia de la Unión Europea que destinará esos fondos al repago de la deuda.

Tsipras parece haberse reservado objetivos modestos como renegociar algunos aspectos del memorándum, de mínima conseguir estirar vencimientos de deuda, de máxima lograr una quita de la deuda. Probablemente, intente apoyarse en la posición del FMI que ya en julio se había pronunciado por una reducción de la deuda a niveles sustentables. Pero como ya reconoció su exministro de Finanzas, Y. Varoufakis, difícilmente pueda arrancarle alguna concesión a la troika.

¿Tienen razón los que dicen que Tsipras consiguió una victoria pírrica que se transformará en su contrario ni bien empiece a aplicar el ajuste? ¿O primará la desmoralización y la resignación en el próximo periodo?

Eso está por verse. Dependerá sobre todo de la lucha de clases. Y de que surja una alternativa política, una izquierda obrera y revolucionaria que plantee una salida para los explotados, tanto frente al ajuste del gobierno como a la catástrofe del “Grexit”.

Las conclusiones que saquen los trabajadores, los jóvenes y los explotados de la debacle del “reformismo de izquierda” en el poder probablemente tengan consecuencias de largo plazo no solo en Europa sino a nivel internacional. Y hace más concreto que nunca el debate estratégico en la izquierda.

Con su capitulación al ajuste, Tsipras se ha transformado en una especie de Miterrand del siglo XXI. La diferencia es que el líder del Partido Socialista Francés tardó dos años desde que asumió en 1981 para dar el giro neoliberal y transformar a la socialdemocracia en “social liberalismo”, mientras que Tsipras recorrió ese camino en un tiempo récord. Solo le tomó un par de meses.

Pablo Iglesias en el Estado español sigue el mismo curso. No casualmente Podemos mantiene su apoyo a Tsipras y se prepara como una “izquierda de gobierno”, dispuesta a pactar con los partidos tradicionales como el PSOE.

La izquierda de Syriza, luego llamada Unidad Popular, no fue ninguna alternativa. Según Panagiotis Sotiris, uno de sus referentes, esto se debió a diferentes factores. Señala que no supieron interpretar el verdadero sentido del voto No en el referéndum de julio, como un voto de resistencia pero resignado ante el ajuste. Que trasladaron mecánicamente su peso en el parlamento hacia el electorado. Que no apelaron a los que por bronca y desencanto no fueron a votar. Que fueron vistos como una variante más de Syriza y no como algo nuevo. Que no se autocriticaron de haber participado como Plataforma de Izquierda en todo el primer gobierno de Syriza. Que fueron burocráticos y sectarios. Seguramente, haya algo de verdad en esta combinación. Sin embargo, esta autocrítica no va al corazón del fracaso de Unidad Popular: que demostró ser impotente frente a la crisis, que no tenía ningún peso en sectores significativos del movimiento de masas para enfrentar la capitulación de Tsipras, que su estrategia era construir una izquierda parlamentaria, y que su programa de “capitalismo nacional”, centrado en la salida del euro y el retorno al dracma, no ofrecía ninguna salida progresiva para los trabajadores y el conjunto de los explotados.

La experiencia griega confirma por la negativa que sin una izquierda revolucionaria, construida en la lucha de clases y no en el parlamentarismo burgués, que sea capaz de poner en movimiento una fuerza material de trabajadores, jóvenes y sectores oprimidos es imposible derrotar la ofensiva del capital y luchar por conquistar un verdadero gobierno obrero.