Rebelión en Bolivia: tiempo de definiciones y encrucijadas estratégicas

Por Josefina Martinez, Matías Maiello ·

¿Se está abriendo en Bolivia una situación revolucionaria? La profundidad del proceso de lucha de clases que atraviesa el país andino impone que nos hagamos esa pregunta. Se cumple un mes de esta rebelión obrera y campesina y, en los últimos días, los tiempos se aceleraron y se entra en terreno de definiciones. ¿Podrá el gobierno desarticular el movimiento vía desgaste y pactos por arriba, con la ayuda de la Iglesia y la traición de las burocracias? ¿O vamos hacia una radicalización de las protestas y nuevos saltos represivos?

Rebelión en Bolivia: tiempo de definiciones y encrucijadas estratégicas

A inicios de este siglo Bolivia fue el laboratorio donde el neoliberalismo entró en crisis primero: la guerra del agua en el 2000, la guerra del gas en 2003, cuando hubo un levantamiento con características insurreccionales. La pregunta es si hoy Bolivia está anticipando un nuevo ciclo de lucha de clases. Pareciera que sí. ¿Qué tipo de ciclo? ¿Uno más radical? Muy posiblemente. Hoy estamos en una situación global y regional mucho más convulsiva. Hay una experiencia hecha con los gobiernos posneoliberales, como fueron los del MAS en Bolivia, el kirchnerismo en Argentina, el chavismo o Boric en Chile. Por otro lado, este ciclo ha implicado un salto en la estatización de las organizaciones de masas, los sindicatos, movimientos sociales, con la que chocan y deben lidiar los nuevos procesos.

Actualmente estamos en una situación marcada tanto por el declive hegemónico de Estados Unidos como por los intentos imperialistas renovados de avanzar en la región. En ella se inscribe la ofensiva neocolonial en Venezuela y el brutal asedio hacia Cuba. El domingo 31 de mayo vimos en Colombia la victoria electoral del admirador de Trump, Milei y Bukele, Abelardo de la Espriella con el 43,7% de los votos; elección que terminará de definirse en el balotaje con el candidato del oficialismo progresista, Iván Cepeda, quien obtuvo el 40,9%. Pero, al mismo tiempo, vemos también como estos gobiernos de derecha cuando llegan al poder enfrentan crisis aceleradas. El caso de Rodrigo Paz es el más emblemático pero, a diferentes niveles, vemos las crisis de Milei en Argentina y de Kast en Chile.

En el centro de este escenario latinoamericano se encuentra la rebelión obrera, campesina, indígena y popular de Bolivia.

Bolivia en el centro de la encrucijada latinoamericana

La última semana en Bolivia, a pesar de los intentos del gobierno de desmovilizar con represión y de conseguir burócratas para negociar, el cerco de la ciudad de La Paz se profundizó. Se extendieron los bloqueos protagonizados por campesinos y trabajadores precarios de El Alto, organizados desde abajo en los comités de bloqueo. En su punto máximo llegaron a 150 —hoy rondan los 100—, sostenidos por sectores autoconvocados. También se muestran tendencias a la huelga general, no gracias a la dirección de la COB, sino gracias a la incorporación de los transportistas, sectores de mineros asalariados y de limpieza a la huelga. El martes 26, los choferes de La Paz arrancaron una huelga indefinida. Y el miércoles 27, cuando se celebró el Día de la Madre en Bolivia, una marcha de mujeres dio un paso adelante con un fuerte mensaje político: si sus hijos que prestan el servicio militar son llamados a reprimir al pueblo, deben volver a sus hogares y sumarse a la lucha.

Tras el fracaso del operativo represivo del sábado 23 de mayo –una caravana policial-militar con disfraz “humanitario”–, el gobierno se vio obligado a cambiar de táctica: propuso un “diálogo”, con la conferencia episcopal como mediadora. Pero las principales organizaciones obreras y campesinas saben que sentarse a negociar con un gobierno totalmente deslegitimado será visto como una traición. Muchos quieren negociar, pero no lo tienen nada fácil. La convocatoria a un ampliado de la Central Obrera Boliviana (COB) el sábado 30, luego suspendido y postergado para el domingo 31, muestra las dificultades de la dirigencia para aceptar esa propuesta de “diálogo”, frente a una creciente presión de las bases por radicalizar la lucha. La resolución del ampliado, del que participaron mineros, fabriles, petroleros, magisterio rural, pueblos originarios y organizaciones campesinas, además de autoconvocados, fue ratificar el rechazo a la negociación que impulsa el presidente Rodrigo Paz y el vicepresidente Edmand Lara junto a la Ïglesia.

Hoy el gobierno de Rodrigo Paz está prácticamente en el aire. León Trotsky, cuando hacía su definición de situación pre-revolucionaria, decía que la situación es tan revolucionaria como puede serlo con la política no-revolucionaria de los dirigentes del movimiento. Algo parecido podríamos decir hoy en Bolivia. La COB anunció desde el 1 de mayo que iría a la huelga general indefinida, pero se viene negando a hacerla efectiva un mes después, con casi 90 bloqueos diarios a lo largo y ancho del país, cientos de detenidos y 7 muertos a manos de los operativos represivos del gobierno de Rodrigo Paz. Como vienen insistiendo nuestros compañeros de la Liga Obrera Revolucionaria, hay que hacer efectiva la huelga general; es un planteo que resuena entre los sectores autoconvocados.

Contra toda estrategia de desgaste del movimiento, este planteo, que está ganando fuerza entre las juntas vecinales, en los comités de bloqueo y en más sectores en lucha, surge como punto clave. Es decir, la necesidad de combinar la rebelión popular, expresada en las decenas de bloqueos que se vienen desarrollando, con la huelga general efectiva. Como plantea Eduardo Molina en el libro Revolución obrera en Bolivia-1952, muchas veces en la historia boliviana los tiempos de la insurrección urbana (obrera y popular) y del levantamiento indígena-campesino fueron discordantes. La articulación de estas es también uno de los nudos estratégicos claves para cualquier revolución en Bolivia.

Un novedoso laboratorio de lucha por la autoorganización desde abajo

Los comités de bloqueo crecieron ante el abandono y la traición de las dirigencias. Las bases hicieron una experiencia en enero, cuando la COB traicionó al pactar con el gobierno y levantar las medidas de lucha del primer embate contra los planes de ajuste de Paz. Por eso hoy desconocen a las direcciones que negocian a sus espaldas. El fenómeno de los autoconvocados es algo profundo y novedoso de este nuevo ciclo de luchas: tendencias de autoorganización desde abajo. Los autoconvocados sostienen los bloqueos, en muchos puntos discuten en asambleas y eligen comités de bloqueo, con sus propios representantes.

El martes 2 de junio, un masivo Cabildo abierto convocado en el Alto ratificó la exigencia de la renuncia del presidente. Convocado inicialmente por comités de bloqueo de El Alto, se sumaron organizaciones como la FeJuVe y participaron dirigentes de las organizaciones obreras y campesinas, como Mario Argollo de la COB. El Cabildo tenía el objetivo de definir los pasos a seguir, a la vez que avanzar en una coordinación entre sectores en lucha. Sin embargo, la dirigencia de la COB evitó proponer ninguna medida para hacer efectiva la huelga general o llamar a medidas concretas para fortalecer el combate de conjunto y evitar que los bloqueos se desgasten ante el paso del tiempo y las amenazas represivas.

Ante la inacción planificada de las burocracias que se juegan a no mover ficha, ¿podrán los comités de bloqueo avanzar en una verdadera coordinadora de los sectores en lucha y dar pasos hacia fortalecer la efectivización de la huelga? Los compañeros de Izquierda Diario Bolivia y de la Liga Obrera Revolucionaria, que participan en varios bloqueos, promueven esa perspectiva. La pelea es por tender lazos de unidad por encima de las direcciones. Eso es lo que impulsa el comité del Distrito 8 de El Alto, que se encuentra en el epicentro del proceso. Se reúne en la zona de Senkata: un territorio de enorme tradición de lucha, donde en 2019 se perpetró la masacre contra el pueblo alteño.

Estado de excepción

Desde el régimen, hace muchos días que vienen discutiendo la posibilidad de instaurar el estado de excepción, que permite prohibir las protestas, el derecho de reunión y suspender otros derechos fundamentales, así como desplegar el ejército. El Congreso derogó la ley que limitaba las facultades del presidente para declarar el estado de excepción. Un Congreso monopolizado por la derecha, entre la gente de Rodrigo Paz y la del ultraderechista Tuto Quiroga. Sin embargo, el problema principal que tiene Paz para declarar el estado de excepción no es jurídico sino político. Ya intentó desbloquear las rutas con la represión y fracasó. Incluso los bloqueadores se van y vuelven. Si insiste, sabe que puede ir a una prueba de fuerza cuyo resultado puede ser la aceleración de su salida de la presidencia y una profundización de la crisis.

El jurista reaccionario Carl Schmitt decía que el soberano es quien puede decidir sobre la declaración del “estado de excepción”. El problema de Paz es que, más que soberano, hoy es un equilibrista. Está en un delicado equilibrio entre la movilización obrera, campesina y popular que le exige su renuncia, por un lado, y la derecha rancia y racista con base sobre todo en el Oriente del país que quiere ir a un enfrentamiento superior con las masas movilizadas, por el otro. En este marco, Paz anunció la semana pasada que estaba negociando la vuelta del FMI a Bolivia, con un endeudamiento de 5000 millones de dólares para tratar de sortear la situación al tiempo que profundizar las cadenas de opresión imperialista que sujetan al país. En otro contexto fue lo que ensayó Mauricio Macri luego de las jornadas de movilizaciones y enfrentamientos de diciembre de 2017; hoy en Argentina las consecuencias catastróficas de esto para el pueblo trabajador están a la vista.

Actualmente en Bolivia hay un equilibrio cada vez más complicado que puede saltar por el aire en cualquier momento. La clave es lo qué pasa por abajo: si se siguen profundizando las tendencias a la acción directa y a la autoorganización. Si el estado de excepción de la burguesía busca suspender el derecho para preservar el orden que lo sustenta, la rebelión boliviana plantea la imposición de otro criterio de excepcionalidad, más cercano al que teorizaba Walter Benjamin, donde la irrupción de las masas tenga la última palabra.

“No es una lucha solo local, sino de orden internacional”

Sobre la dimensión internacional de la rebelión, el propio Paz se encargó de dejarlo claro al decir que no era “una lucha solo local, sino de orden internacional”, y agradeció la colaboración que estaba recibiendo de Milei, de Kast, de Trump y también –atención– de Lula desde Brasil. Lula le expresó su apoyo públicamente, después de haberse presentado como campeón del progresismo en la cumbre de Barcelona. Ahora bien: ¿por qué Lula apoya a un gobierno que está reprimiendo al pueblo y que quiere aplicar un ajuste brutal? Lo que se muestra es que, más allá de la polaridad entre derechas y progresismos, en Bolivia emergió otro actor: una rebelión obrera y popular, con acciones independientes. Y ahí están todos juntos para conjurar ese fantasma, para evitar que pueda desarrollarse una verdadera huelga general y triunfar. Porque si los ajustes del imperialismo y sus gobiernos títeres se derrotan en las calles, si el ejemplo de los autoconvocados prende, ahí no solo corren peligro los proyectos de las derechas. También los de quienes buscan contener la movilización por la vía de su integración al Estado.

En un artículo reciente, García Linera, ex-presidente de Bolivia durante tres mandatos consecutivos de Evo Morales (2006-2019) –aunque terminó enfrentado políticamente con Morales– aseguraba que vivimos un “tiempo liminal” de transición o descomposición, donde lo viejo y lo nuevo están vivos y muertos al mismo tiempo. Algunas características de esta fase serían la crisis económica y la crisis de las elites. Lo que da lugar a “oleadas y contraoleadas simultáneas de proyectos enfrentados” entre derechas neoliberales y progresismos que, al fracasar, abren paso a derechas más radicales que buscan venganza. En otro artículo, previo al triunfo de Rodrigo Paz en las elecciones, García Linera señalaba que los proyectos progresistas en América Latina habían fallado por no haber impulsado reformas para desarrollar una base productiva agroindustrial expansiva y un nuevo proyecto alternativo al neoliberalismo; podríamos decir una suerte de ilusión desarrollista del siglo XXI.

Ahora bien, no se puede encarar ninguna transformación radical sin romper relaciones con el imperialismo. Y lo que hemos visto, aunque en procesos con características muy diferentes, en Bolivia, Brasil o Argentina, está lejos de eso. En el caso de Bolivia, la llegada de Evo Morales al Gobierno, fue producto del desvío del ciclo radicalizado de lucha de clases previo (guerra del agua, 2000 y guerra del gas, 2003) que produjo la caída de gobiernos producto de la movilización de masas. El desvío electoral y la posterior institucionalización, durante los Gobiernos de Evo Morales, implicó tomar parcialmente algunas demandas históricas del movimiento indígena y campesino, lo que se expresó con la instauración del Estado plurinacional en la Constitución aprobada en 2009, que afirma la existencia precolonial de los pueblos indígenas, reconoce lenguas originarias y ciertos derechos comunitarios. Aunque con el gran límite de no cuestionar el latifundio mediante una verdadera reforma agraria, base del poder de la burguesía agroindustrial racista del Oriente. Durante los gobiernos del MAS, numerosas concesiones al bloque de la derecha no evitaron que continuara con su ofensiva reaccionaria, sino lo contrario, como se mostró en el golpe del 2019, o en la actualidad. En Bolivia, la lucha por la tierra, contra la opresión indígena y el racismo, junto con la lucha contra la opresión imperialista, son tareas democráticas y estructurales fundamentales, sin las cuales no puede hablarse de soberanía nacional ni emancipación.

Más en general, los progresismos latinoamericanos, al no resolver los problemas más acuciantes del movimiento obrero y popular, y transformarse en cambio en “gestores de la crisis”, abrieron paso a la vuelta “pendular” de proyectos electorales por derecha. La única forma de romper con ese ciclo de “oleadas y contraoleadas” de proyectos neoliberales autoritarios y progresismos fracasados, es buscar una vía alternativa, de independencia de clase, con un programa de hegemonía de la nueva clase trabajadora que se proponga resolver las tareas democráticas pendientes, derrotar los planes del imperialismo y de las burguesías nacionales que son su furgón de cola.

La tradición revolucionaria y el problema del doble poder

Bolivia tiene una enorme tradición revolucionaria, empezando por la gran revolución de 1952 y la Asamblea Popular de 1971. Son experiencias que, a pesar de que pasó mucha agua bajo el puente, plantean problemas que son actuales. Por ejemplo, la cuestión estratégica clave del doble poder o, mejor dicho, de la posibilidad del movimiento obrero y campesino de construir un poder alternativo propio contra el Estado burgués. Si hay algo que muestra hoy la rebelión boliviana es que la acción directa es el único lenguaje que entienden estos gobiernos. Mientras hubo diálogo, Paz avanzó con su plan de ajuste; cuando empezaron los bloqueos y las movilizaciones, el gobierno entró en crisis. Además, Bolivia muestra que la autoorganización es la única vía alternativa frente a la desmovilización que empujan las burocracias.

En el capítulo sobre “La dualidad de poderes” en su Historia de la Revolución rusa, Trotsky señala que “no hay ninguna clase histórica que pase de la situación de subordinada a la de dominadora súbitamente, de la noche a la mañana, aunque esta noche sea la de la revolución. Es necesario que ya en la víspera ocupe una situación de extraordinaria independencia con respecto a la clase oficialmente dominante; más aún, es preciso que en ella se concentren las esperanzas de las clases y de las capas intermedias” [1].

La cuestión es si aquellas formas de autoorganización iniciales que estamos viendo actualmente en Bolivia se pueden articular a través de la coordinación para imponer el frente único a las organizaciones de masas y combinar la rebelión popular con la efectivización de la huelga general para frenar los ataques de Paz, echarlo y derrotar su plan de conjunto. Estratégicamente, se trata a su vez –como mostró a gran escala la revolución de 1952– de enfrentar los desvíos reformistas burgueses que terminan en un callejón sin salida; de ahí también la importancia de un partido revolucionario fuerte que pelee por la emergencia de un bloque obrero, campesino y popular independiente que tome las riendas de la situación. Son temas clave que van más allá incluso del caso específico de Bolivia, se trata de problemas estratégicos que tenemos planteados si queremos derrotar a las derechas que encarnan la ofensiva imperialista en la región.

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[1] Trotsky, León, Historia de la Revolución rusa, Tomo I, Bs. As., Ediciones IPS, 2017, p. 187.

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